La manta

La puta angustia. Otra vez. Una antigua conocida que a veces vuelve a visitarme cuando los reglones en los que escribo mis días se tuercen. Agarrada a mis tripas con todas su fuerzas, clavando las uñas en el pecho para desgarrarlo. Pero, por un extraño motivo, sin conseguirlo.

A veces delante de la ansiedad hay un tapón que no la deja salir. Y la muy cabrona se queda ahí, centrifugando, haciéndose cada vez más grande, como un alud de alta montaña. Creo (espero, más bien) que todos hemos sentido esa sensación de querer llorar y que las lágrimas no broten; es como cuando quieres estornudar y no te sale, y te quedas con cara de castor, haciendo aspavientos, manoteando como un bebé; haciendo el ridículo. Y oye, hasta que no lo consigues, hasta que no estornudas sonora y explosivamente, no te alivias de esa sensación de imbecilidad involuntaria y, por ello, irreprimible.

Así andaba yo, dando vueltas en el sofá cual canelón, inquieta, angustiada en definitiva. E hice lo mejor que puede hacerse en estos casos: buscar el botón rojo. Un detonante que lo sacara todo para fuera, porque ya he escrito alguna vez en este blog sobre mi fe en la naturaleza sanadora de las lágrimas, en su efecto limpiador y regenerador en las almas. Jodida, pero con un par. Y me lancé a la calle. Iba a un concierto con una amiga y anhelaba que la música me conmoviera hasta desatar el torrente que arrastrara con todo y que me vaciara.

Mala suerte: el programa en cuestión no ayudó ni lo más mínimo. Una obra bonita, otra horripilante y otra que me sedujo intelectualmente, y que me mantuvo erguida en el asiento durante media hora. Más tarde, con un vino y el relato de mi ardua semana (es eso, ha sido una semana de mierda, a veces toca), solté alguna lagrimilla con la voz quebrada, reprimida por el pudor de encontrarme en un restaurante concurrido, y por estarle soltando un mojón como un castillo a la pobre chica. Calderilla.

Un paseo grato por las calles de un Madrid al que el cielo en esas horas concedía una tregua. Llegar a casa, hacerme la segunda infusión de melisa del día, invocando secretamente a la más ancestral herbología. Una varita de incienso con aroma de flor de algodón. “Esta noche voy a dormir por cojones” como mantra. Ordenador, la serie que estoy viendo en estos días. Todo preparado para tranquilizar mis nervios de una puñetera vez, mientras trataba de despegarme el post it fosforito que había llevado pegado en la frente durante todo el día, y que decía, en letras bien grandes, PARANOICA.

Una bonita serie de comadronas, partos y bebés. En el capítulo de anoche, una de las enfermeras, embarazada, sufría una grave hemorragia tras dar a luz y se encontraba entre la vida y la muerte. Lejos del hospital, sus compañeras tejían, en silencio. Cuadraditos hechos de ganchillo, para unirlos todos y hacer una manta. Tejen toda la noche, unidas en su pesar y en sus plegarias. Al día siguiente, dos de ellas se acercan al hospital, y en silencio, amorosamente, cubren a la moribunda con la manta.

La manta. Mi madre me tejió una igual. La recuerdo en casa (qué sublime ambigüedad la de que la casa de mis padres siga siendo mi casa), cagándose en todo, por no terminarla de una buena vez. Recuerdo a una de mis tías echándole una mano con tanto cuadradito de colorines, trapicheando con madejas de lana. Me recuerdo a mí misma horrorizada, pensando “para qué coño quiero yo esto”, yo, que soy tan de mantitas peludas del Primark. Recuerdo a mi madre, triunfante, acabándola, llevándomela a la lavandería, y,  haciendo un esfuerzo sobrehumano, subiendo los dos pisos de mi casa, para hacerme la entrega gloriosa de la dichosa manta, envuelta cuidadosamente en plástico transparente, y con el papelito verde de rigor grapado en una esquina.

Y luego recordé que esa manta lleva tres años metida en una caja de cartón, en el sótano de un amigo, no sé ya si podrida por la humedad o aplastada por el peso del tiempo. Junto a esa manta están mis libros, mis discos, mis partituras, mis recuerdos. El cenicero verde de cristal de roca en el que fumaba mi abuelo. El cuadrito que pintó mi bisabuela, la cerámica que fui comprando en mis viajes. Los libros que compré en los aeropuertos, todos firmados, con fecha, y con el viaje al que están asociados. Todas esas cosas materiales que apuntalan nuestra historia están repartidas en dos casas y ninguna es la mía. Y tomé conciencia de que hace dos años que vivo en un lugar despojado de mi propia identidad. O casi mejor, que vivo en el vientre de una ballena.

Y entonces lloré. Porque quiero volver a casa. Y mi amiga tenía razón cuando me decía que todo lo acontecido en esta semana de espanto me la hubiese traído al pairo, en mayor o menor medida, si estuviese en casa. Pum. El botón rojo.

Hoy no he salido de casa y me he concentrado en mirar con otros ojos al que es ahora mi hogar. Y lo he conseguido, porque la angustia se ha quedado en los kleenex que dejé anoche esparcidos sobre la alfombra, y no ha vuelto a visitarme. También es porque tengo una certeza que acariciar, la de que voy a girar el timón y buscar nuevos vientos que inflen mis velas.

Y hasta que vuelva a por mis cajas, no me va a quedar más remedio, para no sentirme sola y darme calor, que ser mi propia manta. Sea.

Unidos por el odio

Ayer, mientras ojeaba la revista de la compañía aérea que me traía de regreso a Madrid, me topé con un artículo que me ha servido de guinda al pastel que se ha estado cocinando lentamente en mi cabeza en los últimos tiempos. El texto en cuestión hablaba sobre una nueva aplicación de citas que ha iniciado su andadura en Estados Unidos. Nunca he sido usuaria de ninguna de estas herramientas (por más que Meetic y EDarling me tengan llenita la bandeja de “Correo no deseado”), pero sé que existen y que mucha gente las utiliza con éxito, como mínimo para conocer gente. Así que después de la aparición de Tinder (de la cual, igualmente, ni flores), parece ser que se multiplican las aplicaciones móviles de contactos y citas. Hasta aquí, todo normal.

Lo que no me ha parecido normal es el algoritmo que utiliza este nuevo servicio para unir a las personas que lo utilizan. Esencialmente, se trata del odio. Es decir, que en vez de conectar a quienes les gusten las mismas cosas, se conecta a aquellos que odien lo mismo. Cuanto más visceral sea ese odio, más posibilidades de éxito ve la aplicación  en la futura unión sentimental.

En un primer momento, me quedé bastante sorprendida. Horrorizada más bien. Porque no me puedo ni imaginar la virulencia verbal que pueden emplear los usuarios de la app en la creación de sus perfiles. Pero justo pensando esto, en realidad es bastante lógico. ¿Cómo no intentar unir a personas a través de sus odios cuando las redes sociales y nuestro día a día están llenas de insultos, vulgaridades y ofensas? ¿No tiene más sentido que nunca que aquellos que congenien sean los que manejen el mismo código de crudeza (cuando no rudeza) y brutalidad en la expresión?

Rechazamos con rotundidad esa violencia que nos queda lejos: la que vemos por la tele. El conflicto sirio, los atentados islamistas, la violencia de género. Pero no somos conscientes de que con nuestros gestos y actitudes vamos plantando la semilla del odio por todos lados. Un odio que resulta ser sorprendentemente fértil; porque nunca necesitó de agua la mala hierba para inundarlo todo. Y hablo del “Sálvame” de las narices, en donde la gente se habla a gritos y se falta al respeto sin parar para el solaz del común (“me distrae”). También hablo de insultar al rival futbolístico de manera sistemática; de agredir al hombre cuando eres mujer, y viceversa; de ningunear al adversario político porque se le considera eso, un adversario, en vez de un compañero en la lucha por el bien común. La violencia, la agresión, nos rodea en sus más variadas expresiones. Y ni nos damos cuenta.

En mi opinión, esta violencia verbal y de opinión procede directamente de una necesidad creada por las nuevas tecnologías: la de expresarse/compartirse. Estamos ya tan acostumbrados a la verborrea de las redes sociales que ya no somos conscientes de ello. La foto de lo que como, el sitio en donde estoy, la peli que estoy viendo. Y ojo que no hablo con arrogancia, porque para estas cosas también soy miembro de la manada, si bien mi relación con la virtualidad ha cambiado bastante en los últimos meses. Y a raíz de la relativa ausencia de redes sociales que acuso de un tiempo a esta parte, el comentario ha sido unánime: me pasa algo. Claro, porque no comparto sin tino, y porque simplemente he decidido dedicar el tiempo que pasaba antes en Internet a otras cosas (colorear, lectura, Netflix, a mí misma). Hace un par de días, mi hermano pequeño comunicaba a la familia que iba a cerrar todos sus perfiles en redes sociales a modo de experimento. Por ver cómo se vivía y tal; porque sentía que pasaba demasiado “ahí dentro”.  Me pregunto cuántos mensajes de alarma de sus amigos debe de haber recibido ya…

Obviamente, compartir una foto del chuletón que te estás zampando no genera violencia, sin ánimo de ofender a la comunidad vegana. Pero es que esta necesidad insana de comunicación (por llamarla de alguna manera, ya que al final el mensaje es bastante hueco) ha traído consigo otra a mi parecer más preocupante: la de tener una opinión. Opinamos furiosamente sobre todo, porque creemos tener una navaja al cuello que nos obliga a posicionarnos sobre cualquier cosa. Y no hay nada malo en tener una opinión, por supuesto, pero es que la expresamos con una vulgaridad supina. A veces buscando el chiste fácil, el aplauso del follower (el odio genera audiencia); pero la mayoría de las veces usamos la violencia para fortalecer nuestra opinión, sin darnos cuenta de que quizás la desvirtuemos. Mi opción personal en este caso es la de dejar de leer; porque bastantes crispaciones tengo ya en mi vida como para encima tener que cargarme de energías negativas en asuntos que quizás me importan un pimiento.

Este “opinionismo” desmedido, con esa violencia añadida de la que hablo, a menudo funciona como la aplicación que ha servido de detonante para este texto. Y es que el odio y la violencia agrupan a los individuos con una fuerza asombrosa; una fuerza que ni el amor ni los buenos sentimientos parece tener. Y así he presenciado auténticas batallas dialécticas en tono desagradable entre dos bandos, entre dos opiniones diferentes. He visto amistades rotas por diferencias políticas, gente que usa las redes sociales en manada para insultar a otros simplemente por no estar de acuerdo. Y yo me pregunto si no nos estamos volviendo todos locos, de tanto pensar que el problema no es nuestro, sino que está fuera. Opinar, sí, pero para construir y no para destruir. Criticar el fracaso con la misma vehemencia con la que se valora el logro. Y sobre todo, no perder de vista la autocrítica como sistema infalible de aprendizaje, porque nadie es perfecto y todos nos equivocamos. Porque otra necesidad que impera en esta sociedad salvaje en la que vivimos es la de tener la razón. Por encima de todas las cosas, y a veces, de las personas.

Al margen de este blog, al que mi vida frenética cada vez me permite dedicar menos tiempo, soy muy cauta a la hora de expresar públicamente mis opiniones. No suelo compartir mis ideas políticas, religiosas o filosóficas en redes sociales; las comparto con mis amigos analógicos, en una buena cena, frente a una cerveza, con un buen café.  Pero las tengo, claro. Leo, analizo, y me posiciono. Valoro muchísimo mi formación de historiadora, que ciertamente me ayuda a observar la realidad y a leer la prensa con otros ojos, más abiertos. Pienso mucho, tal vez demasiado. No soy estúpida, ni mucho menos. Y digo esto porque no hace mucho me sentí infravalorada en una conversación virtual precisamente por esto: como no estoy todo el día dándole a la matraca, debe ser que ni sé, ni poseo criterio, ni tengo opinión. Otra forma, más sutil, distinta, de odio y de violencia.

No lo sé, pero por el momento, y debiéndome a la educación que me dieron mis padres, amorosa y consecuente, creo que voy a obviar el algoritmo de la aplicación. Voy a ser tradicional: que sean el amor y el respeto los que nos unan; y que éstos los que nos ayuden a superar el odio y la violencia.

 

De yerros y rencores

Acabo de releer, con toda conciencia, una entrada de este blog, “El perdón”, que escribí hace ya bastante tiempo. Y sigo estando de acuerdo con todo lo que escribí en su día, aunque ahora, y desde otro posicionamiento racional y emocional, detecto que a ese cóctel de ideas le falta una fundamental: la indulgencia.

Entiendo que muchas veces se me pueda tildar de arrogante o incluso de falsa por el contenido de este blog. Estos mis pepinillos nunca han tenido una voluntad aleccionadora , ni pretenden colocarme en un plano de superioridad moral. Nada más lejos de la realidad. Este blog es un ejercicio catártico, una suerte de bacinilla literaria en donde vomitar mis humores, a veces más biliosos, a veces más sanguíneos. Quizás sea mi vehemencia, enfermedad crónica incurable que a menudo me esclaviza, lo que da una impresión errónea a ustedes mis lectores.

Pues bien, lo dicho. Nada más lejos de la realidad. Soy Estefanía y me equivoco. Además me equivoco con la estupidez de quien trata de ser perfecto: me equivoco a conciencia. Vamos, que me equivoco de puta madre.

Supongo que no soy la única que tiene inculcada en la cabezota ese ideal de perfección, como si se tratara de la famosa piedra de la locura que tantos muertos causó en el Medievo. Cuando me equivoco, intento desesperadamente subsanar el error. Y en estos días me doy cuenta de que soy muy egoísta en ello. En esto y en otras muchas cosas: generosa en extremo para una cosas, y bastante ególatra para otras. En fin. La condición humana.

Soy egoísta porque no respeto que las personas afectadas por ese error (siempre hay un damnificado, un daño colateral) no estén preparadas para el perdón. Es la maldita educación judeocristiana que creo que todos llevamos bien enganchada en nuestro modus vivendi (otra piedra de la locura). La cago, lo admito, te pido perdón… ¡pero oye, perdóname!. Las cosas no funcionan así. Y hay que hacer el esfuerzo, para mí titánico, de aceptar que esas mismas cosas no siempre salen como uno quiere.

Cuando hieres a alguien por un error, esa persona tiene varias opciones de reacción, que van desde el perdón, pasando por el olvido o la indiferencia, hasta llegar al puro rencor. Porque sí, el rencor existe, queridos míos. Yo nunca me he considerado una persona rencorosa, pero hace unos meses me golpeó por sorpresa la evidencia de que le tenía bastantes cosas guardaditas a alguien a quien además quiero muchísimo. ¿Contradicción? No lo creo; muy probablemente se trate de nuevo de esa condición humana de la que tanto tratamos de renegar de manera inconsciente. Incurrimos pues en el falso perdón, afectados también por esa corriente de “bienismo” y Mr. Wonderful que tenemos todos hasta en la sopa. Hay cosas que no pueden olvidarse; las heridas ajenas no se van a cerrar cuando a nosotros nos dé la gana. Y sobre todo, y con esto me remito a la entrada de este blog que citaba al principio, tendemos a confundir perdón con reconciliación, y no necesariamente una cosa implica la otra. Puedo perdonarte de corazón, sin guardarte rencor, y desearte todo lo mejor…pero fuera de mi vida. Porque creo que es un derecho fundamental de las personas decidir de qué aguas no deseas volver a beber; quizás, simplemente, porque el pozo se ha secado. Sin más y de buen rollo.

Por otro lado, muchas veces pensamos que el perdón, el pedirlo, soluciona todo. Y mira, pues no. Y aquí sí que me acojo de manera oportunista a la normativa judeocristiana sobre el propósito de enmienda. De nada sirve que me pidas perdón veinte veces si siempre vuelves a hacer lo mismo, y de aquí sí que puede surgir un lógico rencor; te perdono, pero si me sigues tocando las narices constantemente de la misma manera, lo más normal es que llegue un momento en el que te mande a tomar viento. Hasta donde llega el perdón o la aceptación del daño es una decisión, o más bien un instinto, estrictamente personal. Y esto tampoco va a ser como a nosotros nos dé la gana. Cuántas veces habré dicho “pero si te he pedido perdón un montón de veces”, cuando muy posiblemente tendría que haberme aplicado en pedirlo una única vez… Ains.

Y volviendo al principio… a este batiburrillo de ideas le falta indulgencia. En una doble vertiente además. Por un lado, debemos ser indulgentes con nuestros heridos de guerra; dejar tiempo y espacio, margen para que ellos tomen las decisiones pertinentes. Ser respetuosos con la recuperación y no esperar nada a cambio. Hacer saber que admitimos el error, que seguimos estando ahí…pero no presionar a nadie. Porque buscando el perdón apretando tuercas lo que podemos conseguir es exactamente lo contrario: generar un genuino rencor. Y salir aún más dolidos y sintiéndonos más culpables de lo que ya nos sentimos.

Por otro lado…también debemos ser indulgentes con nosotros mismos. En estos días me he dado cuenta de que necesito el perdón ajeno porque yo misma no puedo perdonarme por mis errores. Y quizás sea por ahí por donde haya que empezar, quizás perdonándose uno mismo se empiece con el dichoso propósito de enmienda; lo que sí está claro es que autoperdonándose se marca de manera clara la frontera entre la humildad y la dignidad. Porque…quién no se ha humillado alguna vez en busca de perdón.

En resumen…humanidad. Somos humanos, nos equivocamos. Buscar la perfección, o lo que es peor, creerse ya perfecto e infalible, nos hace caer desde los más altos precipicios cuando nuestros yerros estallan en nuestras narices arrasando a veces con todo. Así que mejor aceptarnos a nosotros mismo, y aceptar y respetar la diversidad de los otros.

Parece un proyecto de por vida…

 

 

 

 

 

 

Cataclismos

En cualquier rincón de nuestra existencia se esconde un cataclismo que nos destruye hasta los cimientos. No hace falta que sea un desastre natural; basta con que uno de nuestros engranajes se oxide, o que perdamos una simple tuerca que fije un tornillo. Algo diminuto y simple puede desintegrar un todo; un todo sobre que el que cada día aprendo que es tremendamente frágil y delicado. Porque una helada tardía en invierno puede literalmente detener la primavera.

En esta sociedad de ganadores nadie nos enseña a perder, y la vida está salpicada de pérdidas. Quizás vivir sea más el aprendizaje de cómo sacar ganancia de ellas que disfrutar de los triunfos, porque nuestra muy humana ambición enseguida nos distrae del aroma de los laureles y nos fija rauda una nueva meta. La pérdida, por el contrario, es pesada y densa, necesita de un esfuerzo de gestión y de introspección. La alegría y la felicidad provoca en nosotros reacciones y emociones más universales; sin embargo, el dolor y la pérdida tienen innumerables matices y medios de expresión en los individuos. Quizás nunca seamos más nosotros mismos que en la pena y el sufrimiento. No lo sé.

Aprendo en estos días trabajosos que la independencia del ser humano es una mera ilusión. Que vamos tejiendo, como las arañas, una red finísima y transparente de vínculos y relaciones con nuestros semejantes. Algunos de esos vínculos son efímeros y circunstanciales; otros son gruesos pilares y nos sostienen, casi nos nutren. Es egoísta por nuestra parte pensar que esos lazos serán eternos o se mantendrán a nuestra conveniencia, cuando lo cierto es que en realidad cada pilar lleva encerrado en sí mismo una araña que necesita de sus propios hilos para no caer al vacío y sobrevivir. Y sin embargo, así vivimos, hasta que se produce ese cataclismo, esa perturbación, el efecto mariposa. Y entonces nos topamos  de bruces con la realidad.

Pocas cosas son tan difíciles de lograr en nuestras relaciones personales como la simetría; que en el otro ocupes el mismo puesto en la clasificación general que en la tuya propia, que el orden de prioridades sea equilibrado y perfectamente compartido. Por eso tenemos tan pocos amigos, y aún menos amores. Pero lo peor de todo es que cuando logramos esa simetría tendemos a creer que es eterna, y nada más lejos de la realidad. Porque el otro sufre de sus propios cataclismos y se readapta; porque el amor, misterioso siempre, tal y como viene, se va; porque si eres un pilar hueco serás inevitablemente sustituido. Que cada uno tiene que cuidar de la estabilidad del edificio propio, y, lógicamente, el rascacielos del otro pasará a importar un pimiento. Ley de vida. 

Adaptación. Es la palabra clave, darwiniana, animal y humana. Pero oye, poco se habla de lo que cuesta, y de lo que duele. Siempre me he preguntado sobre la profunda angustia del amputado cuando sabe que ha perdido un miembro y lo sigue sintiendo latir; debe ser una suerte de profunda muerte interior. Pero cómo vivir un duelo si lo que has perdido se siente vivo y palpitante, unido a ti. Aunque lo mires…y ya lo hayas perdido para siempre.

Huir del dolor… ¿es humano? ¿O es más humano acercarse una y otra vez a la llama que quema? ¿Somos sufridores profesionales, masoquistas natos? A veces nos embarcamos en batallas que sabemos que vamos a perder de antemano; o peor aún, en batallas que ni siquiera son nuestras o cuyo resultado final no depende de nosotros. Y precisamente en estos días me pregunto hasta qué punto somos dueños de lo que nos sucede; quizás el porcentaje de decisión no sea tan elevado como pensamos, y estamos más mecidos por el azar y las elecciones ajenas de lo que creemos. Y de nuevo, el verdadero patrimonio personal es la capacidad de adaptación y gestión de una fenomenología que nos es ajena, pero que nos afecta. Vaya si nos afecta.

Adaptación. Aceptación. Espera. Sobre todo esperar a que el cataclismo se detenga, a que no haya réplicas, porque de nada sirve arremangarse a limpiar el estropicio si siguen cayendo diluvios. El famoso fluir y la maldita paciencia; nada de esto me adorna como virtud, enferma crónica de pensamiento resolutivo que soy.

Así que…a pasar miedo. A abrazarse las piernas y a agachar la cabeza. A rogarle al cielo que no mande más tormentas. Que yo ya estoy calada hasta los huesos.

Historias del metro

La primera vez que vine a Madrid, hace ya muchos años, me llamó la atención cómo el Homo sapiens matritensis, tan veloz y a menudo hosco en las calles, se volvía un observador meticuloso en el tubo; y aquí traduzco literalmente del inglés, lengua muy a menudo gráfica y precisa como no puede serlo el castellano. Quizás sea por resignación a la pérdida de tiempo, un tiempo que para muchos puede ser muy amplio (mis trayectos tienen de media unos 30 minutos de duración); o quizás y al contrario, por hacer un uso distinto de ese tiempo siempre escaso, en esta frenética ciudad, en donde la prisa es infecciosa y, aunque no quieras, te hace enfermar.

La lectura siempre ha adornado los asientos del metro, incluso sus pasillos, y me consta que muchos sólo sacan tiempo para leer mientras viajan bajo tierra. Se sigue leyendo mucho: el 20 minutos, la novela manoseada de biblioteca, el práctico Kindle. Pero por desgracia la lectura nunca ha sido universal, y las letras han sido derrotadas por goleada por otras letras: las que no salen a velocidad variable de los pulgares. Y es que la telefonía móvil, Internet y sus correspondientes aplicaciones (e implicaciones) saturan nuestra existencia, y para matar el tiempo subterráneo no hay nada mejor que trastear con el aparatito infernal. Escuchar música, publicar en Facebook, hablar por Whatsapp, hacerse selfies o jugar al Candy Crash. En pocos años estas acciones han cambiado los hábitos de metro de Madrid; se ha dejado de observar, y el viajero reproduce la tendencia social vigente del individualismo. Y también en el metro continuamos enfrascados en nosotros mismos, más solos que nunca. Y no nos importa.

Soy lectora, pero no puedo concentrarme en la lectura cuando viajo en metro, aunque curiosamente sí que puedo hacerlo cuando me muevo en el tren o en bus (¿será la luz?). Y soy pecadora, normalmente me uno a la masa fijando los ojos en la pantallita de las narices. Pero también sigo observando a la gente, sobre todo porque el metro continúa siendo uno de los espacios más democráticos de la ciudad. Viaja en metro el alto ejecutivo, el simple proletario, la familia con hijos, la abuela solitaria, los adolescentes ruidosos. Todos con tiempo que perder, o a lo mejor que ganar. Todos obligados a asumir una velocidad impuesta por el acelerador del vehículo; quizás todos un poco más libres.

Una de las cosas que más me cuesta en esta vida es mirar a los ojos, por profunda e incurable timidez. Pero en el metro se producen cruces de miradas de gran intensidad, como si los ojos fueran autos de choque: boom, recula, y vete a chocar con otro. En el metro se mira a la cara sin recato; se mira de arriba a abajo si estás bueno o buena, pero eso ya pasa en todos lados. En mi caso, un secreto de voyeur: me gusta mirar los zapatos de la gente, porque creo que el calzado dice mucho de la persona que lo lleva. Zapatos gastados, nuevos, bien lustrados o descuidados;  el color de la laca de uñas, si aprieta el calcetín en el tobillo. En fin…cada uno tiene sus cosas.

La gran tragedia que le puede suceder al viajero de metro es perder la cobertura. Y se nota muchísimo, oye; la gente guarda el móvil resignada en el bolsillo, y lo saca nerviosa cada dos minutos a ver si hay red. Espía el nombre de las paradas, impaciente por llegar a aquella en donde se obra el milagro de la conectividad (línea 4, Avenida de América en dirección Argüelles), para sacar rápidamente el teléfono con ansia de yonki y empezar la danza secreta de los dedos. Es un espectáculo digno de ver; a veces solo me faltan las palomitas.

Pero a veces donde no hay cobertura hay esperanza, y anoche el metro me regaló una historia que atesorar y sobre la que pensar. Regresaba a casa después del trabajo, cansada y hambrienta y después de un segundo día de mierda. Y es que un día de mierda, vale; pero cuando ya enlazas con otro parece que tu altura disminuye un par de centímetros, y la barbilla se te hunde un poco más en el hoyuelo de las clavículas. Cambié de metro en Chamartín, y me senté en el nuevo vagón con media sonrisa; la media sonrisa de “me quedan solo dos paradas y ya llego”. El tramo entre las estaciones de Chamartín y Pinar de Chamartín es de esos que no tiene cobertura, y quizás por eso…alguien me vió. Ni siquiera me miró; realmente, me vió.

El alguien en cuestión era un chaval muy guapo de unos 25 años; alto, de pelo rubio ondulado y unos francos ojos azules. Eso fue lo que me hizo sonrojar y bajar la vista: hacía mucho que no recibía una mirada tan admirativa de un extraño. Me fijé en que su móvil yacía inerte en su mano; creo que eso fue lo que le hizo reparar en mí. Yo me concentré en sus zapatos: unas deportivas Reebook con mucho uso, sin anudar. Un chico andariego, pensé. Y la media sonrisa se transformó en sonrisa entera.

Él también sonreía, y a veces bajaba los ojos y ladeaba ligeramente la cabeza. Se produjo un instante de esos mágicos en los que la gente se mirar sin mirarse, y se tiene la certeza de compartir sin palabras un mismo, agradabilísimo, secreto. Y el frenazo rompió el encanto: próxima parada, Pinar de Chamartín. Final del trayecto.

Nos levantamos todos, y ahí me dí cuenta de que no estábamos solos en el metro. Me puse a su lado mientras él accionaba la manilla de la puerta, la puerta se abrió y gentilmente me cedió el paso. Le dí las gracias, sonriendo pero sin valor para mirarle. Pero él sí tuvo valor, e inclinándose a mi espalda, me susurró, con profundo acento madrileño: “Las señoritas guapas, siempre primero”.

Me quedé plantada en el andén, mientras le veía huir a toda velocidad para no coincidir en las escaleras mecánicas; poco le duró el valor al pobrecillo. Me detuve para memorizar su cara, sus rasgos, las hechuras de su cuerpo; porque inmediatamente pensé que si volvía a verle (parece que somos vecinos), me gustaría delvolverle el favor, la sonrisa y la calidez en el pecho que me regaló.

Y es que al final las historias del metro no las hacen los motores, ni los móviles, ni las prisas. La sigue haciendo la gente; gente que a pesar de tenerme últimamente desencantada, me sigue regalando retazos tibios de exultante humanidad.

La arrogancia de la soledad

Ayer tuve un pequeño accidente doméstico, de esos que te meten el miedo en el cuerpo porque sabes perfectamente que si no hubiese sido por suerte (y en este caso, por unos reflejos que no sé de dónde salieron) podría haber sido algo mucho más grave.

El saldo de este accidente ha sido insignificante: un dedo medio machucado, un antebrazo hinchado, amoratado y arañado, y un dolorcillo algo incómodo en la espalda por haber tirado de dorsales. El saldo en negativo es que me siento bastante estúpida; porque básicamente pretendí hacer yo sola algo que realmente no podía hacer. Me hice daño, y podría haber hecho daño a alguien. Y es que la soledad es sumamente arrogante; y confunde muy a menudo la determinación con la temeridad. O la bravuconería. Sí, 24 horas más tarde la conclusión sigue siendo la misma: soy gilipollas.

Tengo la manía de extraer lo general de lo concreto (ya no sé si soy más hegeliana que aristotélica), y este incidente me ha hecho pensar mucho en el hecho innegable de que la sociedad actual otorga más libertades que nunca, pero al mismo tiempo nos condena a la más extrema de las esclavitudes: la de la perfección. En mi caso, mi condición de mujer me hace sentirme obligada a ser independiente hasta niveles ridículos, y sé de buena tinta que muchas compañeras se sentirán identificadas con este rol. La mujer hoy en día es deudora de la emancipación, está obligada a ser independiente económica y socialmente, de ese “demonio” que es el hombre. La mujer debe ser trabajadora (admitámoslo, chicas, miramos raro a las amas de casa de nuestra generación), autosuficiente, capaz de ser libre a nivel afectivo; todo ello aderezado con carácter, fuerza y determinación. Yo al menos, sobre todo en este momento en el que vuelvo a estar sola, me siento obligada a todas estas cosas. A sacarme yo solita las castañas del fuego, a apretar los dientes y seguir, a añadirle a todo una dosis elevada de frialdad. Y luego…me pasan cosas como las de ayer. Por bruta.

Hablo de las mujeres, pero la verdad es que los hombres casi que lo tienen peor. Hace poco le comentaba a una amiga que soy firme defensora de la complejidad del género masculino. Estoy de verdad harta de escuchar esa frasecita de “Los hombres son muy simples”. Y no, no lo son; lo que pasa que quizás es más fácil pensar así que tomarse tiempo para entender una naturaleza distinta a la nuestra, porque de veras lo es. El hombre es complejo en una manera distinta a la que lo es la mujer, pero quizás ni siquiera lo sabe. Porque sí que creo (y no me caigan encima, que puedo estar equivocada) que la diferencia entre hombres y mujeres radica en la capacidad de análisis; la mujer está acostumbrada a estar más en contacto consigo misma, se conoce mejor, se autoanaliza a veces de manera obsesiva. El hombre, por el contrario, asume el rol de tirar p’alante, y quizás por ello es el más intransigente con su propia complejidad. ¿Por qué pienso que los hombres lo tienen peor? Pues porque socialmente, además de la maldita independencia, llevan la carga de “mantener” a la mujer económicamente, de ser su sostén. Sí, todavía. Porque en alguna ocasión me he visto en esa tesitura, en la de tener que ser yo la que tirase del carro, y he visto en los ojos del otro frustración, humillación y autodesprecio. Y ojo que caraduras los hay en ambos sexos; excepciones, haylas.

Volviendo a la generalidad…al final todos somos esclavos de las expectativas, de las nuestras y de las sociales. En mayor o menor medida, lo que se espera de nosotros nos condiciona poderosamente en nuestras acciones. ¿Somos libres? En ese sentido, quizás menos que nunca. Qué duros somos a veces con nosotros mismos. Y lo peor de todo es que luego proyectamos estos elevados niveles de exigencia sobre los demás; es una especie de monstruo que se retroalimenta de esa idea perversa de lo que debemos ser.

Seguimos confundiendo vulnerabilidad con debilidad. No todos somos débiles, pero nuestra humanidad lleva intrínseca el ser vulnerable. Abrazar ese sentimiento, aceptar el miedo, la soledad, la indeterminación, el no saber lo que hacer o cómo seguir, es el verdadero motor que nos impulsa; se trata, en definitiva, de aceptación.

No puedo con todo yo sola. Hay cosas para las que necesito ayuda, y hay otras que ni siquiera debo abordar. Hoy me repito estas frases con serenidad. Y por cierto, con dolor de espinazo.

Y sigo pensando que soy un poquito gilipollas.

Proyecciones

Yo dije que iba a dejar de pensar. Pero es que…se me da fatal mantener la mente detenida. Al menos las acciones, las resoluciones, siguen en el congelador, al salvo del calor estival y de la elevada temperatura de mi lado visceral.

Lados, facetas…caras. En eso llevo pensando ya unos cuantos días, a raíz de una publicación hecha en una red social y de los comentarios que produjo. Un post sobre la identidad, la personalidad y la imagen que proyectamos en redes. Un tema complejo, sin duda, como todo lo que afecta al ser, y al saber estar.

La experiencia (sobre todo la vivida en mis propias células grises) me dice que ciertamente todos decidimos proyectar una imagen concreta de nosotros mismos. Creo que está en nuestra naturaleza, consciente o inconsciente, el deseo de agradar combinado con la necesidad de reafirmarse en la propia identidad. No tengo muy claro que esta sea una decisión consciente; depende mucho del carácter de la persona, algo que es mucho más insondable de lo que creemos.

What you see it’s what you get. A lo mejor es que hemos traducido mal la frase. No es “lo que ves es lo que hay”, sino “lo que ves es lo que yo quiero que veas, pero en realidad hay mucho más”. Las razones para mostrar sólo una cara pueden ser muy diversas: timidez, desconfianza, prudencia, pudor, una mezcla de todas ella, o ninguna, yo que sé. En mi caso, es sin duda timidez, y suelo usar un parloteo incesante con el humor como coartada para evitar, quizás, responder preguntas. O sostener miradas. Luego la gente se sorprende; pero es que no hay que confundir churras con merinas. Hablo mucho, pero sólo de lo que quiero; llegar al resto cuesta, y mucho, incluso hasta para mí misma.

¿A dónde voy con todos estos giros retóricos tan plastas? Pues a que si no somos conscientes de que proyectamos una imagen que simplifica enormemente la realidad, no seremos capaces de empatizar con los demás, que hace exactamente lo mismo. Ahí entran en juego los poderosos juicios de valor. Todos los hacemos, creo que es algo inherente al ser humano; los necesitamos para posicionar a los que nos rodean en nuestro entorno, para hacernos una composición de lugar que es necesaria para vivir. Pero eso nos hace muchas veces caer en la injusticia, y en la falta de veracidad; porque para emitir juicios hace falta información. Etiquetamos a gran velocidad, sin darnos tiempo a conocer de verdad al portador de la etiqueta, y sin darle la oportunidad al otro de abrirse, de ser, de mostrarse tal y como es.

Siempre digo que nada de lo que sucede en el mundo virtual no sucede en el analógico, aunque las redes sociales tienden a magnificarlo todo, y a intensificarlo. A raíz de ciertos comentarios aparecidos en este blog, me he planteado qué es exactamente lo que proyecto sobre mí en el universo internáutico. Y me proyecto a mí misma, una parte de mí, quizás la más sarcástica y humorística (el sarcasmo como salvavidas), pero es imposible reproducir un todo en cuatro tuits, o en una publicación más o menos absurda. Eso sí, y volviendo a la cuestión de los juicios de valor, hay que asumir las consecuencias de las proyecciones; no me puedo cabrear ante conclusiones que yo misma saco sobre otros. Si ofrezco imágenes parciales, los juicios tendrán las mismas características. No se puede exigir a los demás lo que nosotros no estamos dispuestos a practicar.

La ignorancia es atrevida…Aún recuerdo a alguien que me dijo en una red social que sabía lo que yo necesitaba, cuando en ese momento no lo sabía ni yo; es lo que mi querido Jose Luis llamó hace unos días “hacer un Freud”. Qué valor. Mejor nos iría, me parece, esperando un poco más antes de sacar conclusiones, impidiendo que la imaginación se superponga a la verdad. Conocer a una persona es una aventura apasionante, lleva su tiempo, necesita de muchas palabras, y sobre todo de gestos. Pretender profundizar en una persona cuando faltan miradas, sonrisas, lenguaje gestual y tonos de voz es una temeridad. Por eso en el mundo virtual se producen tantos malos entendidos y nos podemos llegar a sentir tan decepcionados. Cuesta conocer, y de hecho, nunca llegamos a hacerlo del todo, porque el comportamiento de un ser humano ante situaciones límite es impredecible incluso para sí mismo.

A modo de conclusión…seamos más ecuánimes. Más consecuentes con nuestras proyecciones, más empáticos en general. Y quien me quiera conocer… que me invite a una cerveza. 🙂

 

No es un río. Es un mantel. Nada es lo que parece...

No es un río…es un mantel. Nada es lo que parece.

 

 

 

Travesía

Llega un momento en el que es necesario abandonar las ropas usadas que ya tienen la forma de nuestro cuerpo y olvidar los caminos que nos llevan siempre a los mismos lugares. Es el momento de la travesía. Y si no osamos emprenderla, nos habremos quedado para siempre al margen de nosotros mismos.

Fernando Pessoa.

Ciertamente es el momento, pero sin prisas. En esta escasa semana de vacaciones que he pasado en La Isla, tras dos proyectos intensos y agotadores, pero también hermosos, me repito a modo de mantra la frase “No tienes que decidirlo ahora”. Porque lo que sí he decidido  es dejar de ser esclava del tiempo para pasar a ser dueña de él; porque esa frase de “El tiempo pone las cosas en su sitio” siempre me ha parecido una gilipollez. Una excusa más para el inmovilismo, confundiendo el olvido con la capacidad de acción y de decisión.

No tengo que decidir nada ahora, pero hay que moverse. Hay que emprender viaje hacia la alegría que perdí, hay que salir de la opacidad en la que me enterraron los pesares, que tampoco eran tantos y que en su mayoría inventé, aún no sé por qué, tampoco sé ya si vale la pena saberlo. Hay que iniciar ruta hacia mí, porque ahora con el paso de los meses ya puedo ver los meandros erráticos que escogí y a los que no quiero volver. Lo que no sé si en algún momento del desvío cambié. Toca reconocerse, identificarse, y también aprender a aceptarse, algo que siempre se me ha dado de pena, a ver si en esta ocasión me sale bien.

Toca tratarse bien. Una amiga me escribía hace ya tiempo que fuera cariñosa conmigo misma, y al principio no la entendí, pero ahora pienso en esa frase y sonrío. El primer paso es lanzar al mar los fardos de responsabilidades y esclavitudes auto impuestas que llevo tanto tiempo cargando sobre mi maltrecha espalda. Y asumir que aunque esté triste y notablemente desnortada (yo, que siempre tuve un Walhalla hacia al que encaminar mis pasos), tengo ante mí el mayor de los regalos: simplemente, una oportunidad.

Será una travesía íntima, pero no solitaria. Desde esta tribuna abierta agradezco de corazón a todos aquellos que me han hecho sentir importante para ellos, que me han dedicado su tiempo, sus oídos y sus sonrisas. Me ha hecho fuerte, a pesar de ser medio ostra y cultivar más silencios de los habituales, y caer muy a menudo en una incomunicación negligente. Aunque no lo sepan, me los llevo a todos conmigo; no podría iniciar la travesía sin ustedes.

Hoy regreso a Madrid y paradójicamente siento que me hago a la mar. No tengo ni la menor idea de a dónde me conducirán los vientos. Sólo puedo sonreír y anhelar que me sean propicios. 

“Buen viaje…”

El suelo bajo los pies

No sé. No sé nada. Y mira que me cuesta aceptarlo. Yo, que siempre he sido tan aparente en mis certezas, inspirando una seguridad en mí misma en la que no me reconozco. Y ojo que no es fachada. Supongo que mi carisma hace creer que camino siempre sobre tierra firme, cuando en realidad la mayoría de las veces las arenas movedizas surgen de mis propios pies.

He perdido mi brújula, y ando en estos días subida en una montaña rusa perpetua que me tiene extenuada. A veces me olvido de todo y disfruto de esas pequeñas grandes cosas que son las que hacen que la vida sea vida. Una cena con amigos, una velada en el teatro, una buena película con una bolsa de papas fritas en el sofá. Otras, la soledad me araña las entrañas y me produce un dolor seco y sordo, de llorar sin lágrimas, porque las lágrimas se me están acabando ya.

Más que la soledad, es la consciencia. Porque con el paso de los días voy siendo dolorosamente consciente de los errores que he cometido, especialmente en este último año madrileño que pensaba habe vivido intensamente, pero que ahora descubro que no. Ha sido un año estático, de sentarme a verlas venir, de esperar injustamente a que el otro se moviera cuando yo debía haber sido motor de mi propia vida. Por eso no encajo en esta maldita urbe ingrata, y de nuevo escribo así cuando quizás la gran desagradecida de este incipiente romance urbano soy yo.

Asumo, pero no me asumo aún. Tomo amargamente conciencia de mis actos, todos los días, pero todavía no soy capaz de entender en qué punto del camino me perdí. No sé nada, e incluso en estos momentos dudo de que en algún momento existiera un camino real. Asumirme siempre ha sido el problema: ese conflicto eterno entre quien creo que debo ser y quién soy realmente. Recaigo constantemente en la negación de mi propia humanidad, y eso me hace ser injusta con los demás. En el fondo muchas veces me comporto con superioridad y arrogancia, y aún considerándome una persona generosa, caigo en el egoísmo. Y encima después viene la culpa, y mejor que calle ya, porque escribir sigue siendo un exorcismo para el alma, pero ahora mismo todo duele demasiado, abierta como tengo la piel.

Debo volver a crear suelo bajo los pies. Y soy plenamente consciente de que asumirme es la única manera. Sólo mi yo real, cualquiera que sea, me guste más o menos, es el que puede moverse y andar. Porque ahora me miro por dentro y no hay nada, sólo una herida que a veces sangra a borbotones. Me he convertido en un zombie, que parece vivo, pero que en realidad está muerto.

Sólo espero encontrarme pronto, porque el pedazo de tierra firme en el que me apoyo disminuye con el paso de los días, y me precipito inexorablemente hacia aguas oscuras. Me asaetean preguntas, y no son fáciles de responder. Quién era, o quién creía ser. Quién soy, no quién creo que soy. Pero sobre todo…¿y ahora, a dónde voy?

Familia

La muerte siempre supone un trauma, o, más bien, un traumatismo, una fractura, un desgarro doloroso que siempre es inesperado, por muy preparado que crea uno que esté. Pero el problema del traumatismo no es tanto el dolor inmediato del chasquido del hueso al romperse, el “crack”en el alma. Lo arduo, lo complicado, es recuperarse. La convalecencia, la inmovilidad, el dolor atenuado, pero constante, para el que no hay analgésico que valga, a excepción del tiempo. Gestionar la muerte duele; aprender a vivir con la ausencia es lo verdaderamente difícil. Ausencia muy traicionera, que te muerde el corazón y te anega los ojos justo cuando pensabas que había desaparecido.

Mi abuela nunca dejó de emocionarse al hablar de sus padres. A menudo mencionaba la idea de reencontrarse con ellos, y sus hermanos, en el cielo. Este recuerdo y muchos otros me han venido a la cabeza en estos días en los que trato de aceptar que se ha ido, que ya no la veré más, que cuando regrese a mi ciudad en un par de meses ya no habrá una residencia que visitar. Su muerte ha sido un cataclismo interno, que me ha obligado a reencontrarme conmigo misma en calles que hacía mucho que no transitaba. Y no deja de maravillarme que la muerte me haya hecho pensar en la vida. En la suya, en la de mi familia, y en la mía.

Hace ya mucho que dejé de creer en la incondicionalidad del amor. Creo que, magullados como estamos todos por los embistes de la vida, cada vez nos cuesta confiar y creer. Nos hemos vuelto muy suspicaces y desconfiados, huímos ante las primeras dificultades, acusamos de falta de compromiso en las relaciones personales sin darnos cuenta de que muchas veces somos nosotros los que no estamos dispuestos a involucrarnos. El amor supone siempre una entrega, y una suerte de rendición. Y parece que en esto de “rendirse” se han perdido las buenas maneras, y que la cabeza de uno siempre debe estar por encima de la del otro. Y claro, así no se puede.

Tampoco creo en la incondicionalidad del amor en la familia. Seguro que todos tenemos alguien en filas que no nos cae demasiado bien, con el que no congeniamos, o incluso con quien no hablamos. Y es sobre estos vínculos artificiosos, que no artificiales, sobre los que pienso mucho en estas semanas en las que el vacío rinde un inconsciente homenaje a quien ya se ha ido.

El primer error, tanto en las relaciones familiares como en las amorosas de cualquier tipo, es la expectativa. Creemos firmemente que los miembros de una familia son fichas en el tablero de nuestro juego, y esperamos que se muevan de la manera deseada, cumpliendo un rol, un papel social asignado. El padre debe ser fuerte, la madre amorosa, el hermano mayor responsable, etc. Y nos olvidamos de que nuestros familiares son personas, con sus carencias y sus virtudes, y sobre todo son individuos. A la presión que muchas veces supone vivir la propia vida se añade la de ocupar el escaque correcto en el tablero. La posición que se espera de nosotros. Y esto es tremendamente injusto, para todos, en realidad.

La compresión siempre me ha parecido uno de los nutrientes más sólidos del amor. Y por eso, mi vida familiar cambió drásticamente cuando dejé de intentar de amar incondicionalmente y empecé a intentar, simplemente, entender. Mirar a mis relativos con ojos más neutros, conocer su pasado para observar de manera más objetiva su presente. Escucharles con la mente abierta (y la boca bien cerrada) como manera de descifrar su más íntima geografía. Y todo empezó a ir mejor, porque realmente empecé a entender. No siempre he podido compartir lo que he entendido, y desde luego no pretendo ser la heroína de esta historia; soy muy impaciente y tengo un punto de mala leche que muy a menudo me hace ser intolerante. Pero estoy convencida de que ese esfuerzo por entender las motivaciones de los que nos rodean es el único caldo de cultivo para el amor. Aunque no sea posible estar de acuerdo siempre en todo, aunque haya actuaciones o gestiones que nos parezcan abominables. Comprender. O al menos intentarlo.

Yo me esforcé por entender a mi abuela, y me llevo el dulce recuerdo de haberla defendido en muchas ocasiones. Eso desarrolló entre nosotras una relación muy cómplice, que me permitió también hacerla razonar, de manera más o menos delicada. Nunca olvidaré sus ojos de gatito abandonado cuando después de echarle un rapapolvo me preguntaba “¿Ya puedo hablar?”.

 Creo que la comprendí muchas veces, pero no la conocí lo suficiente, y me llevo el agrio recuerdo de no haber sabido quién era en realidad. Por qué muchas veces decidió convertirse en mártir de sus propias decisiones, de dónde procedía ese hálito de rencor cerrado, y ese egoísmo obstinado que la poseyó en los últimos años. Nunca supe si fue feliz de verdad, aunque supongo que como todos tuvo sus momentos. Supongo que el salto generacional era demasiado grande como para conocerla de esa manera, que la etiqueta de “abuela” pesaba demasiado como para tener un acercamiento distinto. Pero aquello de “nadie conoce a nadie” no es ningún tópico, y nunca sabremos ya de sus cuartos oscuros, de sus frustraciones, de sus sinceras alegrías. Me pregunto con amargura si hice lo suficiente por llegar hasta ella; y me respondo que todo está aún muy reciente para saberlo.

En cualquier caso, sus últimos años de duro declive físico nos dieron la oportunidad de pasar tiempo de calidad juntas. Siempre recordaré los fines de semana en su casa del Lomo Los Frailes, en los que llamaba a Mark Harmmon “su novio”, en los que levantaba enérgicamente su brazo en la ducha con un “¡Arriba España!” para que la aseara. La emoción de que me dijera que iba a ser una madre estupenda por cómo la cuidaba, las largas noches de hospital en las que las dos teníamos miedo, los versos a voz en grito de Santa Teresa de Jesús a las seis de la mañana. Su sonrisa, que fue un rayo de sol hasta el final. 

Como persona seguro que se equivocó, miles de veces, y que como todos deseó haber hecho las cosas de otra manera. Pero algo tuvo que hacer muy bien esta mujer para reunir a sus doce nietos, procedentes todos de un lugar diferente del mundo, en su entierro. Para decirle adiós y abrazar a nuestras madres, y abrazarnos nosotros. Difícil de olvidar serán también los eternecedores mensajes de Whatsapp en el grupo de los primos Nogales. “Yo llego mañana”, “Ya estoy de camino”, “Nos vemos pronto”, “Mucho ánimo”.

La memoria muere, no podemos decir que la recordaremos siempre, su nombre y su sonrisa se perderán con el paso del tiempo y las generaciones. Pero su legado permanecerá eterno en la manera en la que nos comprendamos y nos amemos aquellos sobre los que ella influyó. Da igual si nos quiso más o menos, si fue más o menos cariñosa; lo que importa es cómo nos queramos los que nos quedamos. No se me ocurre una mejor manera de eternidad que esa.

Y sí, Tata. Estoy hablando de ti como si no estuvieras delante. Espero que esta vez no te dé coraje, y que desde algún lugar me sonrías y me llames, otra vez, Fanny, Fanita, preciosa.