Tal día como hoy

Soy una esclava de las fechas. Qué quieren, soy así. Cada mañana, el teléfono móvil me recuerda qué día es, y automáticamente, mi maldita memoria me recuerda las efemérides señaladas. Y porque los seres humanos somos así, normalmente no recuerdo las positivas o las alegres.

Esta mañana, mi teléfono me ha recordado que es 4 de abril, y que tal día como hoy, hace dos años, la luz de mi abuela, de Tata, se apagó. Ha pasado suficiente tiempo como para que los recuerdos no duelan, es más, provocan una sonrisa y calientan el corazón; porque cuando perdemos a alguien, debemos esforzarnos en recordar con amor, y estoy plenamente concienciada (y ya he hablado de ello muchas veces en este blog) de que la muerte solo es una parte más de la vida, y que como tal, hay que incorporarla a ella. Y es que nuestra existencia está plagada de ganancias y de pérdidas, y quien no lo asuma así, realmente no está vivo, sino muerto a medias.

El recuerdo amable de la sonrisa de mi abuela precedió a otros recuerdos menos agradables, relacionados con el cambio vital que sobrevino después. Y es que su muerte me hizo tomar conciencia  de que no era feliz; de que estaba amarrada a una existencia anodina e incompleta por los lazos de la responsabilidad y la culpa. A veces ocurre que la muerte te hace pensar en la vida, y eso fue precisamente lo que sucedió, y por ello, siempre le voy a estar agradecida a mi abuela. Su pérdida me dio el valor necesario para romper con el modo de vida que llevaba; sí, valor, porque aunque tengo fama de persona fuerte y valiente también tengo miedo y puedo ser muy cobarde a veces. Así que cuando regresé a Madrid, me enfrenté a mis miedos, me liberé de cargas emocionales que me lastraban y decidí que ya no podía continuar así. Después de esa confrontación, florecieron otras no menos difíciles: la sensación de fracaso personal, la desorientación vital. Porque a veces saber qué es lo que no quieres es un buen comienzo, pero después empieza la dura tarea de dibujar en el horizonte lo que quieres realmente.

No fue fácil, quien piense que vivir es fácil es otro muerto a medias. Pero hoy miro atrás y creo que en estos dos años he crecido mucho; en cierto sentido volví a ser yo misma, en otro, florecieron en mi interior fortalezas y capacidades que me condujeron a otras decisiones, a veces fáciles, por obvias; a veces no, porque el miedo existe, y se vuelve tangible cuando debemos enfrentarnos a nosotros mismos.

Este balance positivo queda empañado por otra efeméride, que “celebro” (las comillas está plenamente justificadas) mañana. Y es que tal día como mañana, 5 de octubre, hará seis meses que decidí abandonar Madrid para regresar a mi ciudad natal, con un equipaje cargado de sueños, ilusiones y sobre todo, esperanza. Y todo eso… se ha volatilizado en mis narices. Continúo teniendo un proyecto personal, aunque cada día es una batalla por recuperar las ganas de hacer algo; de hacer cualquier cosa, en realidad. Pero la llama de la alegría, de la ilusión, se ha apagado y me he quedado totalmente a oscuras.

Sé que volverá, esa alegría; debe hacerlo, porque el dolor me sigue recordando que estoy viva. La vida también es sufrimiento, y adivinen qué: quien pretende evitarlo…es otro muerto a medias.  Pero ahora mismo habito en terreno lacustre, enfangada hasta las rodillas, y mis esfuerzos por salir de las arenas movedizas no está teniendo demasiado éxito. Así que por ahora me limito a hacer lo que siento en cada momento, es la mejor manera que se me ocurre de sanar; ya habrá tiempo de arrepentirse después.

Tal día como hoy, me deshacía en lágrimas por una pérdida; hoy lloro silenciosamente por otra. Qué curiosa, y qué cabrona, que es a veces la vida.

 

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Encuentros

[…] Lloraba mi alma en sus profundidades, mientras mis ojos entornados se aislaban del mundo, conscientes de que ninguna sombra habría de interponerse entre el sol y yo, ninguna imagen se materializaría para suavizar mi congoja, ni para sustituirla por una congoja menos dolorosa, menos irreversible, menos irremediable. ¿Qué será de mí ahora? No volverá, nunca volverá, nunca ha existido, lo inventé yo. Nubes de confusión y desconcierto se agolpaban en mi mente agitada. ¿En quién estás pensando, a quién quieres en vano convocar?, decía la voz de la conciencia. ¿Qué será de mí? No tengo nada, nunca he tenido nada, y ahora solo me queda tiempo, tiempo, tiempo que se extiende infinito ante mí sin paisaje ni figura con qué aderezarlo. Soledad del alma, soledad. De pronto, mi pensamiento dejó de moverse. No había objetivo alguno que alcanzar, ni esperanza que mantener por estúpida y efímera que fuera, ese era mi tiempo, ese mi futuro.

“La canción de Dorotea”, Rosa Regàs.

 

La belleza del arte, aparte de su valor estético intrínseco, radica en la capacidad que tiene de conmovernos y de emocionarnos en lo más íntimo. En el arte nos encontramos muchas veces a nosotros mismos; todos nos hemos visto reflejados, con la nitidez de un espejo, en un poema, en una canción, en un texto. Magnífico este que comparto hoy con ustedes; les recomiendo encarecidamente leer esta perturbadora y magistral novela.

Anoche me encontré yo en estas palabras, que me removieron en lo más profundo y me dieron mucho que pensar. Tengo cosas, y personas, claro que sí; pero hay en mi interior una Nada (como la de La historia interminable), un enorme vacío, que me consume y me obliga constantemente al agotador ejercicio de rehacerme, de ser consciente de que respiro. Mi brújula sigue perdida en algún lugar recóndito entre tantas emociones grises; se acercan días de asueto que me recuerdan constantemente aquellos planes que no me dio tiempo a compartir, y que ya no se llevarán a cabo. La inercia no me abandona, y ahora, más descargada de trabajo, me veo en la obligación de crear otra nueva que me permita sobrevivir. Al menos ya no hay negrura, solo hay gris; aunque a veces pienso si no será peor. “Soledad del alma, soledad”.

¿Volverás? Quién sabe ¿Te inventé? No lo creo, aunque quizás mis expectativas me nublaron a ratos el discernimiento, y ahora, que solo soy yo a medias, entiendo mejor que nunca que en situaciones límite encerramos, por temor o tristeza, facetas de nosotros mismos en los cuartos más oscuros de nuestra alma.

Existes, estás ahí, aunque estés enterrado bajo una enorme montaña de miedo. Porque si no existieras, no sería capaz de explicar por qué, ardua y dolorosamente, te echo tanto de menos.

Pasos de baile

Hace unos días reflexionaba en Twitter sobre la viscosidad caprichosa del tiempo, ese tiempo vital que se nos escurre entre los dedos. Es curioso como según cual sea nuestro estado de ánimo a veces tiene una fugacidad voraz, que lo consume todo; otras por el contrario discurre lento y pesado sobre nosotros, como si de una lluvia de piedras se tratase.

No ha pasado apenas nada en un mes, un mes ya. Porque a pesar de nuestra variable percepción del tiempo, éste transcurre implacable, arrancándonos hojas del calendario y haciéndonos esclavos de la cifra y el número. Pero me he parado a pensar, y en realidad sí que han pasado cosas; lo que sucede es que detenida como estoy, en esta especie de limbo, no soy capaz de apreciarlo en su justa y valiosa medida.

Antes me di cuenta de que entre los días malos y los días peores se me ha escapado algún día decente. Algún día en el que he dejado de pensar, en el que he sido capaz de disfrutar de una buena película, un rato de lectura, una buena conversación. Algún día en el que me he sentido gratamente distraída, aunque cierto es que en ocasiones el revolcón del llanto posterior no me ha compensado demasiado. Ya no ensayo sonrisas en el espejo, y soy capaz de mirarme en él sin romper a llorar.  He vuelto a cocinar hace una semana, aunque alguna “nutritiva” cena a base de papas fritas y chocolate todavía cae. Me he enfrascado en el trabajo de manera compulsiva, no tanto por olvidar, sino porque realmente tengo mucho y complicado, y me he descubierto a mí misma con una franca sonrisa dibujada en el rostro ante la belleza de la música que me toca abordar en estos días. He reanudado mis caminatas, y por ello, he vuelto a imaginar las historias de mis colegas transeúntes en el que siempre fue uno de mis pasatiempos favoritos, y que tantas veces he compartido en este blog. Quizás la cercanía de la primavera y la llegada del buen tiempo hayan contribuido a ello; aunque admito que algunos días el azul del cielo parece que insulta mi pena y eso me pone de mal humor.

Cada día lloro un poco menos, pero añoro un poco más. Y realmente es deprimente, porque me hace consciente de que esto no ha hecho nada más que empezar. De que el tiempo trascurrido es, pero no es tanto, de que la herida es honda y que va a tardar en sanar. Hoy, precisamente, me preguntaba si esa herida va a cambiarme, si me va a convertir en una mujer distinta. Es pronto para saberlo, en realidad. Es pronto para todo, y a ratos me desespera esa idea, por pura impaciencia, y por auténtica tristeza, pues también.

La capacidad de olvidar queda siempre mermada por la calidad de los recuerdos; y mis recuerdos son recientes y hermosos, en ocasiones casi perfectos, aunque a veces los malos recuerdos (que también los hay), me hagan enfurecer. Pero hoy, en medio de una vorágine laboral de tres pares de narices, con las hormonas desbocadas y con un dolor físico importante, he empezado a hacerme una pregunta: ¿cuánto tiempo voy a estar así, cuánto más va a durar esto? Y la he recibido con un cierto regocijo, porque supone asumir que, de manera inconsciente, creo que hay una vida después de “esto”. Que aunque no sea capaz de escucharlo, hay un latido en mi interior que sigue insuflando esperanza a aquello que esté por llegar. Que, a pesar de las sombras, sigo estando viva, y quiero vivir.

Esta mañana (¿ven cómo han pasado un montón de cosas?) una amiga me ha mandado un mensaje en el que me decía que era una persona excepcional y que derramaba luz sobre mi entorno. Uf. Sí que es cierto, y es algo que me resulta muy llamativo, que muchas personas se refieren a mí como una presencia luminosa, como luz; pero ahora mismo, en esta penumbra, se me antoja muy lejano el volver a emanar ese brillo, si es que de verdad lo tuve alguna vez. Es una paradoja brutal a veces el hecho de que las frases de ánimo y afecto supongan una dura confrontación con la realidad, algo así como el antes y el después de los anuncios de la Teletienda. Por eso me noto aislada de mi entorno, arisca con mi familia; como pez fuera del agua, así, como sensación general.

Aprender a vivir de nuevo en soledad es algo así como aprender a bailar, y creo adivinar mis primeros pasos de baile, silenciosos, sin que suene música aún, pero sobre todo dubitativos, porque la ausencia de certezas es abrumadora. Pero quiero bailar, hoy me ha asaltado esa idea a mano armada y por sorpresa. Me llevará seis meses, un año, quizás dos, pero quiero bailar de nuevo. Siempre “bailé” bien, viví mi vida con pasión, determinación y fuerza. Cometí muchos errores, y por prudencia o cabezonería me he privado de vivir experiencias que ya no volverán; pero viví no como pude, sino como realmente quise.

Así que…a esperar. Otra larga espera en la que confío que suene música al final. Para poder bailar.

Inercia

El motor de mi vida, en estos días: la inercia. La obligación de seguir trabajando, de no cancelar nada ni a nadie. Un aluvión de clases y ensayos que había que hacer sí o sí, y que agradezco profundamente, porque han supuesto un incentivo poderoso para levantarme de la cama todas las mañanas. Una ocupación, una “distracción” que a veces ha resultado ardua y que me ha dejado exhausta. Porque en este bendito trabajo mío las emociones son el motor de todo; en las clases hay que transmitir optimismo y alegría para que mis alumnos sigan adelante; y en la interpretación, si no hay emoción, te conviertes en una especie de reproductor Midi en donde solo emites notas. Como un robot.

Una existencia robótica la mía, sí. Porque no puedo disfrutar de nada, todo me parece gris y hueco, empezando por mi propio interior. Soy un desierto en el que además a veces sopla el viento, y crea tormentas de arena. Los recuerdos, la ausencia, y sobre todo la frustración. Porque hice todo lo que pude, di lo mejor de mí misma, y aún así, no sirvió para nada. Y sé que esa pena va a hacer la última en desvanecerse; quién sabe si logrará desaparecer para siempre.

Ensayo sonrisas en el espejo, y éste solo me devuelve una mueca desfigurada y amarga, que normalmente me lleva a las lágrimas (porque soy gilipollas, básicamente, a ver qué coño hago sonriéndome a mí misma). Trato desesperadamente de insuflar energía a los que me rodean, como siempre he hecho, porque soy consciente de que mis problemas no son los únicos que existen en este mundo. Eso me agota, pero a pesar del cansancio, espero que haya servido de algo. Me derrumbo con frecuencia, como ayer, después de ese durísimo concierto en la Unidad de Paliativos del Hospital Insular, en la que cantaba frente a dos camas que albergaban a dos moribundos, tan sedados que no sé siquiera si me escucharon. Me deshice en sonrisas, abracé a aquella pobre enfermera jovencita, en prácticas, que no pudo parar de llorar durante todo el concierto, y que volvió a emocionarse entre mis brazos. Qué trabajo tan difícil, por cierto; difícil y admirable. Y luego llegué a casa y me dediqué minuciosamente a desmantelarme en lágrimas. En mi defensa, he de decir que me merecía ese llanto apacible de media hora. Ya les digo yo que sí. Porque ya se me hace difícil vivir en estos días como para encontrarme cara a cara con la muerte; y es que morir sí que debe ser difícil. Joder.

No he tenido aún las fuerzas para crear nuevas rutinas. Rutinas que sean mías y solo mías, en las que no me falte la persona a la que tanto extraño, el que era el compañero de mis días, y con quien compartía hasta las más pequeñas cosas. Pero vendrán, cuando esté preparada; porque vivo todo esto con una extraordinaria lucidez, lo cual a veces es sumamente cruel. Sé exactamente lo que siento y pienso en cada momento, sé qué llaga me arde cuando se me saltan las lágrimas, no necesito enumerar las heridas abiertas porque me duelen todas con macabra independencia. Sé, porque cuento con un alto grado de autoconocimiento, que lo que estoy viviendo tengo que vivirlo exactamente como lo estoy viviendo. No puedo saltarme nada, no puedo fingir ni mentirme a mí misma. Me he quedado desnuda, sin más; no hay lugar en donde pueda esconderme de la tristeza y de la pérdida. Y dentro de tanta oscuridad, esa es una buena noticia.

Intenté, hace una semana, engañarme. Y salió mal, claro, estas cosas no salen bien nunca (la estupidez humana sigue siendo inconmensurable y tal). Se lo decía a una amiga querida que también pasa en estos días por un duro trance: “¿No nos estaremos esforzando demasiado?” Total, que al final volví a casa a las cinco y media de la mañana más vacía de lo que me había ido. No volveré a cometer ese error, menuda chorrada. No es momento de alardes de una alegría que no existe; es momento de soledad y de añoranza, de llorar cuando me venga en gana y sin pudor. Es momento también de refugiarse en los incondicionales, en los que simplemente te escuchan, en los que ni siquiera pierden el tiempo en aconsejarte, en decirte “haz esto o lo otro”. En los que saben que estás tan sumamente rota que sus palabras van a desaparecer entre las grietas.

No he creado rutinas porque aún estoy acostumbrándome a la pérdida de muchas que tenía. Sonrío a medias (mueca amarga, otra vez), cuando pienso en todo lo que me dura ahora la batería del móvil. Evito mirarlo a veces hasta bien avanzado el día, porque sé que no voy a encontrar ningún “buenos días [emoji de besito con corazón]”, después de tanto tiempo recibiéndolo a diario. Me muerdo las puntas de los dedos para que no me salgan todas las palabras que querría decir, y que no debo. Me duele todavía ver cosas que le gustarían y no poder enseñárselas; porque en estos días añoro, con profundo dolor, más que al amante, al amigo que he perdido.

He repetido en varias conversaciones con diferentes personas en estos días esta frase: hay momentos en la vida en los que no se puede vivir; simplemente, toca sobrevivir. Francamente, ahora mismo, no sé cómo seguir, y es un pensamiento que me inquieta mucho a veces. Pero luego recuerdo mi fortaleza y mi bondad, y pienso que de algún modo, todo saldrá bien. No voy a convertir el dolor en sufrimiento esta vez, tengo herramientas y recursos para evitar caer en esa trampa mortal. No me queda otra que confiar en que la luz aparecerá en algún momento al final del túnel, aunque sé que estoy muy lejos de ni siquiera imaginarla todavía.

Y entonces yo, que amo tanto la vida y que lo hago todo con tanta pasión e intensidad, quizás, podré borrar esta maldita inercia de un plumazo. Y volver a respirar.

 

 

 

Nunca bailamos

Nunca bailamos. En realidad fuiste tú el que me lo dijiste una vez: “Me doy cuenta de que no sé cómo bailas”. Tampoco tuve nunca la oportunidad de tomarme a chanza tu miedo a volar, en ese avión que nunca cogimos. Nunca me enseñaste la tierra que tanto amas, aquella en la que naciste; nunca te enseñé el país que me acogió y que tanto me cambió. Y así, tantas y tantas cosas que se nos quedaron en la lista de sueños por cumplir. A mí, al menos, porque sé que tú hace tiempo que dejaste de soñar.

Me he quedado sola en “casa” (resulta irónico que solo al final la reconocieras como tal, siempre entre comillas, claro).  En esta casa que está necesariamente hilvanada a ti, porque la primera noche que pasé en mi nuevo hogar la pasé contigo. Aquí fuimos felices, aquí jugamos a tener la vida que soñamos. Pero era solo un sueño al final, y ayer despertamos. Me he quedado con un cepillo de dientes rosa en el baño que aún no tengo valor de tirar; por si vuelves. Que no vas a volver, pero por si vuelves (qué enfermizo es el desamor). Con tu ropa de casa en la silla del dormitorio, con tu olor impregnando aún las sábanas. Nuestro olor, el olor del amor, de nuestra piel tibia de deseo. Con nuestra risa recorriendo como humo el techo de la habitación; porque estás en todas partes y ahora ya, en ninguna. Con un bote de leche condensada para el café en la nevera, con cervezas que yo no voy a beberme. Me he quedado sola con este vacío, con esta angustia, habitando en  esta profunda tristeza.

Supongo que siempre fuimos las personas adecuadas en el momento más inadecuado de todos. No fuimos capaces de encontrar nuestro camino, porque tú renunciaste a andar el tuyo. Y te quedaste ahí, parado, esperando a que las cosas sucedieran, sin tener valor para hacerlas posibles. “Me resulta más fácil renunciar a ti que enfrentarme a todo lo demás”, me dijiste. Me hablaste de alivio, sabiendo que me traspasabas el alma con un estilete afilado y cruel. Espero encontrar en esas palabras la ira, la rabia, que necesito para rehacerme. Porque maldecirte en silencio quizás sea mejor que añorar lo que nunca fuimos. Porque sí, se puede extrañar lo que nunca se tuvo, por absurdo que parezca.

Te lloro como se llora a los muertos; hablo de ti y de nosotros en pasado como si hubieses dejado de existir. Y me doy cuenta de que esto va a ser, es, un verdadero duelo. Porque soy consciente de que ahora mismo estoy en fase de negación. Que no me lo creo, vamos. Que no me creo que después de tantos años, de tanta energía invertida, de tanta paciencia y amor, de tanto ceder y comprender, ninguno de mis esfuerzos haya servido para nada. Te entregué todo lo que tenía; y ahora te lo has llevado y me has dejado sin nada. No sé cómo seguir; no sé cómo continuar, y supongo que no sabré hacerlo hasta que se me acabe el llanto y la pena. Y ahora que escribo y pienso, quizás mis lágrimas y mis ojos de tortuga sean más por mí misma que por ti. Qué mal te salió todo al final, Fanny. Lo siento mucho, mi niña. Te lo advertí y no me hiciste caso. Pero ahí seguiste, luchando como una leona; sin darte cuenta de que luchabas sola, y que eras humana, y que no todo dependía de ti.

Mi madre siempre me llamó Penélope. Porque siempre te estuve esperando; esperando a que solucionaras tus problemas, a que arreglaras tu vida, para que pudiéramos ser de verdad y no algo que ocultar. Y quizás en estos momentos lo que más me duele es que sigo siendo Penélope. Maldita idiota. Porque aunque todo haya terminado, te sigo esperando; porque mientras te siga amando, aunque ya no estemos juntos, seguiré atada a tu espalda, con un hilo finísimo y cruel de esperanza. Y solo Dios y los pedazos de corazón que me quedan en el pecho saben cuánto te he querido, y lo difícil que va a ser olvidarte, olvidarnos. Porque no se trata de superarlo, se trata de superarte. A ti, amor mío.

Condenada como estoy a la enfermedad de la memoria, te encuentro en todas partes. Creo que nunca voy a dejar de hacerlo. Pero ahora, en este preciso instante, el que me empujó a escribir, solo pienso que nunca bailamos. Porque en tu cabeza solo había silencio. Y me lo has dejado instalado en el alma.

 

Para poder morir

Para poder morir, hay que estar vivo primero.

Hay que agradecer a quien nos regala, y se nos regala.
Amar como si el mundo fuese a terminar en un instante.
Tratar de no dejarse nada, ni a nadie, atrás, si nos importa.
Borrar a quien no le importamos de un plumazo, y sonreír.
Respirar como si el aire fuese una droga.
Hacer con cabeza, y con corazón, aunque después haya que arrepentirse.
Abrazar con toda la piel, besar con uñas y dientes.
Luchar con garra, hacer de cada sueño una conquista.
Recordar siempre que lo mismo que estamos en este mundo por puro azar, podemos desvanecernos en el aire, y en la memoria.

Y que la muerte siempre nos pille viviendo.

 

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Fuente: Cakehead loves evil

Volver (con la frente marchita)

Condenada como estoy a la enfermedad de la memoria, ayer recordé que hace ya dos meses que estoy instalada (más o menos) en mi nuevo hogar. Y como también padezco del mal incurable de hacer balances, aprovecho que la fiebre mantiene mi hiperactividad a raya para pensar con palabras. Que para eso creé estos agridulces pepinillos.

Pensaba ayer en que este blog, que mi propia vida me hace tener abandonado en los últimos tiempos, nació en un momento de mudanza, física y vital. En aquellos tiempos abandonaba la independencia de mi casa para trasladarme temporalmente con mis padres, y un año más tarde, dar el salto a Madrid. Y casi tres años después, aquí me encuentro de nuevo, de vuelta en mi ciudad, con una nueva casa, y empezando de nuevo en muchos sentidos. ¿El balance de estos años? Que estoy hasta el moño. Que estoy agotada de tanto vaivén, y que a veces hacer lo que quieres en cada momento resulta contraproducente, porque los efectos desestabilizadores de ello son incontables a priori. Y también sumamente imprevisibles.

Ayer hablaba también con un amigo sobre lo difícil que es volver. Llega uno con su maleta llena de expectativas, esperando, no sé si por egoísmo o por ingenuidad, que el mundo se adapte al ritmo de sus pasos. Y no. No somos el ombligo del mundo, el universo no se ha detenido con nuestra marcha, las vidas de las personas a las que otorgamos importancia siguen girando, implacables en su velocidad. Y la primera impresión es pensar que ellos han cambiado, y puede ser, pero luego te paras a pensarlo y realmente el que has cambiado…eres tú. ¿Y hasta qué punto es justo reclamar a quien ya no puede conocerte tal y como eras antes?

Es la segunda vez que “regreso”, y la primera me ocupé, con dedicación y efectividad (como hago yo todas las cosas), en boicotear mi vida. Después de caerme con todo el equipo, descubrir que el fondo estaba más abajo de lo que yo me imaginaba, y lograr salir a flote de nuevo (con dedicación, efectividad y mucha ayuda), la experiencia vivida me dotó de herramientas para no volver a caer. O al menos, no tanto; que el ser una superviviente tampoco me hace infalible, las cosas como son.

En mi segunda “partida” me esforcé por mantener contactos y lazos con lo que en mi corazón seguía siendo mi tierra. Humanos, geográficos, laborales, de todo. Porque después de la depresión aprendí que yo sola no podía. Así en general. Y me esforcé por construir pilares que me sostuvieran, porque las vidas no se construyen sobre aire, por mucha fortaleza que tengan tus proyectos e ideas; por mucho que tenga asumido, ya hace mucho, que, en realidad, siempre estamos solos.

El resultado al final…ha sido el mismo. Sigo teniendo esa maldita sensación de abandono, de que ahora que he vuelto para quedarme nadie me presta atención, exactamente como la última vez. Pero ahora sé que soy injusta, ahora sé que en realidad soy yo. Que en vez de pilares quizás construí apegos, que las relaciones humanas no son simétricas, que es una putada cuando no eres tan importante para los otros como esos otros son para ti, pero que sucede, y que no queda otra que lidiar con ello. Que este retorno no es el final del trayecto, sino el inicio de uno nuevo, y que habrá baches y frenazos; y que solo queda confiar que en algún momento habrá acelerones y llegará la deseada velocidad de crucero. Que el camino es mío, y solo mío, y que me acompañará en él quien realmente quiera estar, no quien yo quiera que esté.

Al final he sido una creída, ¿no? No he cambiado tanto como yo pensaba. No soy tan independiente, sigo necesitando cosas y personas, afecto y atenciones. El tiempo y lo vivido me ha hecho más paciente, aunque sigo teniendo un pronto demoníaco y no soy tan optimista como parece. También me siento un poco más sabia, y por eso ahora, en este preciso momento, sé que todavía me queda mucho por aprender. Lo bueno de ser tan analítica es que me cuesta poco determinar en qué punto estoy; lo malo, es que a menudo resulta una tortura china, porque pierdo más tiempo en el análisis que en la imprescindible aceptación.

Pero no todo es terrible, ya saben que pienso que uno es siempre más feliz de lo que está dispuesto a admitir. Me siento más en casa en estos dos meses que lo que me sentí en dos años y medio en mi precioso piso madrileño. No paro de trabajar, estoy cantando de muerte, esta ciudad cada vez me parece más bonita en su caos, he vivido momentos compartidos de pura felicidad y plenitud. Hasta he tenido tiempo de conocer a gente nueva, fíjense. Lo que pasa es que pensaba que volver iba a ser LA solución a muchas cosas, porque lo que tengo de inteligente lo tengo de boba también. Y va a ser que no, la felicidad es una conquista diaria, y toca emplearse a fondo en crecer. Lo que hagan los demás…ya es asunto suyo, no está en mi mano. Jodido pero cierto.

Escribo hoy esta entrada porque hace un rato he vivido un momento especial. Una de esas chorradas que muchas veces escribo por aquí, uno de esos pequeños detalles que me dan la vida, y que me recuerdan el verdadero sentido de todo. Hoy he encendido las velas de mi particular árbol de Navidad; un árbol de Navidad que dejé en casa de mis padres hace tres navidades, y que hace cuatro que no podía poner. Y miren que cada vez me gustan menos las fiestas, porque cada vez me falta más gente, cada vez hay más ausencias y melancolías. Estas navidades en particular no pintan demasiado bien, por distintos motivos. Pero la verdad es que me ha hecho ilusión recuperar un trocito de mi vida anterior, uno de esos lazos con el pasado que me pertenece solo a mí.

Y me he quedado pensando en que aún no he vuelto. Aún estoy volviendo, me queda camino por andar aún, no lo puedo tener todo ya. Es lo que hay. Así que me toca mirar mi arbolito y sonreír a medias. Y confiar.

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Autumn Leaves

En Twitter, espacio de juicio y valor en donde todo el mundo opina con sorna y diversos grados de mala leche sobre lo que escriben los demás, se tiene a aquellas personas que “saludan” a los días de la semana, a los meses, a las estaciones, etc, como taradas mentales. Cuando quizás detenerse a escribir un tuit para burlarse de otros sea más de tarados que cualquier otra cosa… pero como decía Michael Ende en su más famosa novela, esa es otra historia, que aquí no merece ser contada.

No es lo que los demás puedan pensar de mí lo que me ha impedido recibir públicamente al otoño, mi estación favorita; quizás lo sea porque vengo de un lugar en el que apenas se deja sentir, y aprendí a apreciar su belleza dorada y decadente en mis años centroeuropeos. Solo me reservaba para hacerlo adecuadamente, ya que quizás este año el otoño viene repleto de cambios radicales y de nuevas perspectivas, y bien merece un alto en el camino frenético de estos últimos días de septiembre. Aunque la verdad es que ya llevo unas semanas pensando que mi vida en los últimos cinco años no ha dejado de cambiar, y ya va siendo hora de alcanzar un poquito de paz y de sosiego. O como mínimo de estarme quieta un ratito en el mismo sitio.

Apuro (y no sosegadamente, pues está científicamente demostrado que una de las cosas que más estresan al ser humano es una mudanza) mis últimos días en Madrid, con mi vida de nuevo en cajas, tal y comencé este blog. Técnicamente, y según el código de los transportistas, once bultos  y un cubicaje (todos los días se aprende algo nuevo) de 0,700 m3. Y cada vez que camino por el pasillo de esta casa que ya no es la mía y los miro, pienso que en realidad he vivido muy poco en esta ciudad que no he terminado de entender. Quizás porque me marché algo a regañadientes de la mía, más obligada por la circunstancias que por mi propia voluntad. Tal vez ha sido porque nunca terminé de llegar, y me dejé el corazón y las ganas en otro lugar. Este pasado año y por cuestiones laborales casi no he parado por casa, y si esta vida del músico es desarraigada de por sí, más difícil aún es echar raíces en un lugar que desde el principio sentí ajeno y hostil. Creo que le pedí demasiadas cosas a Madrid, y me senté a esperar a que me las diera, sin realmente preocuparme en buscar; y ahora me planteo que quizás es que nunca quise encontrar. Once bultos, dos años y medio. No es tanto. Poca vida.

En cualquier caso y en este último año, me he reconciliado con esta urbe frenética y rabiosa. Y a nivel estrictamente personal, he empezado a hacer las cosas bien. Y por eso todo ha empezado a girar adecuadamente, y es curioso que ahora me vaya casi con pena, porque he podido hacer nuevos amigos, disfrutado enormemente de su geografía y abrazado mi soledad si no con alegría, con cierta serenidad. He tomado las riendas de mi vida, no me quedaba más remedio si quería salir de extraño pozo de amargura, necesidad de afecto y temor en el que estaba hundida. Y por ese mismo motivo, e influida por una serie de circunstancias externas que han contribuido a ello, tomé la decisión de irme. Gracias por todo, pero me voy. Me has enseñado mucho, sobre mí y sobre los demás; pero soplan vientos propicios que me llevan a otro lugar, concretamente, hacia el mar.

Para mis queridos compatriotas isleños el regreso suele ser síntoma de fracaso: la pobre, le fue mal, se volvió. Y la verdad es que es todo lo contrario, puedo regresar porque me ha ido bien, bastante bien en realidad. Vivo de la música, que ya es decir, sin necesidad por el momento de dedicarme a la enseñanza reglada, y la verdad es que no vivo nada mal, qué quieren que les diga. Me voy de Madrid simplemente porque no siento que este sea mi lugar, y con mis años y mis canas, creo que es casi una obligación vital empezar a hacer lo que realmente quieres. Tengo la suerte de poder hacerlo, así que lo hago. Me voy con ideas, con proyectos, con ganas de cosas; me voy sin un plan concreto, pero serena, con un “ya se irá viendo” como mantra. Y quizás sea algo naif al pensarlo, pero tengo la firme creencia de que si yo estoy bien, de un modo u otro, todo irá bien. ¿Por que acaso no es el estar bien el origen y objetivo de todo?

Llevo como un par de semanas dándole vueltas a escribir o no escribir una entrada dura e íntima relacionada con la depresión, a propósito de un fragmento de la novela que estoy leyendo, y que podría haber escrito yo misma. Varios párrafos sobre deseos suicidas, medicación, terapia, desesperación y el dolor seco y ronco que acompaña a la depresión que me trasladaron a un momento de mi vida que ahora contemplo como lejanísimo pero que me tuvo algunos años con el alma en carne viva. Finalmente decidí no hacerlo, porque si bien en este blog, y como me dijo una lectora hace ya unos años, me abro la piel cada vez que escribo, hay cosas que se deben reservar para uno mismo, o para los incondicionales. También lo hice porque no quería adoptar ningún rol heroico, ni mucho menos. No deseaba ser malinterpretada, que se pensara que me creo arrogante o superior, porque no lo soy, de veras que no. De hecho, no me considero una superviviente de la depresión; mi logro solo fue seguir viviendo. Seguir viva, sin más.

Ahora bien, sí que quiero compartir el pensamiento derivado de aquella lectura. Un pensamiento que creo que todos debemos tener más a menudo, y es, simplemente, este:

“Joder, para como he estado, ahora estoy de puta madre.”

Y mira, pues sí. Todo este proceso de traslado, nuevo comienzo, logística y demás vainas me ha tenido desquiciada en los últimos tiempos, pero sigo trabajando, cantando,  enseñando, sonriendo y compartiendo y recibiendo cosas buenas. Cuestiones de índole sentimental dominaron totalmente mi estado de ánimo hasta el mes de junio, cuando se me encendió el bombillo y dije que ya estaba bueno; y cambié de actitud. Y esa es quizás la gran diferencia de este otoño que se presenta más cambiante que nunca con aquellos tiempos oscuros: tengo herramientas. Gestiono, a veces mal, pero si me equivoco, pues  re-gestiono. Y tiro palante, siempre buscando una brote verde en medio del temporal que me haga sonreír.

Relativizar. Ese verbo tan sumamente relativo, qué curioso.

En otoño la naturaleza empieza a morir, lenta y bellamente, como la luz del sol al atardecer. Una muerte necesaria, un camino a la regeneración. Casi nadie la ve así, pero para mí el otoño es una estación de esperanza, una promesa de cosas nuevas que llegarán, después de la hibernación invernal, con la primavera. Y cada 22 de septiembre, escucho “Autumn Leaves”, en esta versión maravillosa de Chet Baker y Ruth Young, mi favorita. Y sonrío. Y estoy muerta de miedo con mil cosas, estos últimos días van a ser mortales de necesidad, me quedan un par de situaciones incómodas con las que lidiar. Pero sonrío, pensando en lo que va a traerme este otoño. Será bueno o malo, pero será distinto, seguro.

Así que…bienvenido seas, otoño querido. Que a todos nos sea propicio.

 

 

 

 

Ella

Ya he escrito alguna vez en este blog sobre las particularidades del metro como espacio de observación humana. Los madrileños no te miran a la cara cuando se cruzan contigo en la calle, si tropiezas con ellos olvídate de que te pidan perdón, y cuando llegas a una tienda y das los buenos días a los que esperan en el mostrador, o miran al suelo, incómodos ante tanta cortesía, o te miran como si fueses un ornitorrinco, o un alienígena. Quien lo probó, lo sabe.

Pero es lícito mirar en el metro, ya no solo por un interés físico, sino por esa preciada cualidad animal que es la curiosidad. No recuerdo ya cuando me dejé llevar por los ojos, sé que fue hace unos días, sé que fue en un trayecto nocturno, en un vagón casi desierto. Y de repente entró ella, y no pude dejar de mirarla hasta que la alocución anunció el final del trayecto.

Era hermosa, mucho. Pero ella no lo sabía, quizás no llegue a saberlo nunca, como tampoco llegamos a saberlo las mujeres adultas. Porque cada vez estoy más convencida que somos educadas, incluso por nuestras propias madres, para odiarnos a nosotras mismas. Para mendigar aceptación. A medida que envejezco, me cuesta cada vez más calcular la edad de los jóvenes, pero digamos que a ella la catalogué como una adolescente madura, a punto de saltar a ese limbo amplio y vago al que llamamos juventud. Vestía de manera informal, casi indolente; pero quizás tampoco supiera que es algo que creo que las mujeres hagan nunca. Nos cuidamos hasta en el desaliño. Así somos.

Entró con la urgencia habitual cuando se abrieron las puertas y esparció la vista por el vagón con ojos huidizos. Parecerá una tontería, pero sonreí por dentro porque me vino a la memoria una viñeta de un cómic de la abeja Maya que leí de niña, en la que Willy se escondía detrás de una columna, dejando ver su prominente barriguita, diciendo: “Si yo no les veo, ellos tampoco me verán a mí”. Ella miraba discretamente a su alrededor emanando esa sensación de querer pasar desapercibida hasta el punto de desaparecer. Y en ese instante mi cabeza, o más bien, mi corazón, regresó a mi yo de los 17 años. Y fue como mirarme en un espejo.

A partir de ese momento dejé de imaginarme su historia para centrarme en recordar la mía, porque sentí que era una historia paralela. Yo era igual de desaliñada, igual de hermosa sin saberlo, con los mismos deseos de ser invisible, de que me dejaran en paz. Ella viajaba absorta en sus pensamientos, mirando al vacío como si fuera capaz de ver, y me reconocí en esos ojos verdes, tan huecos, pero a la vez tan llenos de cosas. Y pensé en lo difícil que es hacerse mayor, ser consciente de que ya no eres una niña, y ser igual de consciente de que aún no sabes lo que eres, o lo que quieres ser. Afanarse en defender una identidad que te es aún extraña, por ser distinta; tratar de ser genuina en un mundo que castiga la excepción, sentirse una anciana sin haber vivido aún ni un tercio de la vida. Sufrir de angustia e inquietud constante, de una desazón que pica, y que sabes que nada va a poder aliviar. Qué difícil. Que difícil es ser, joder.

Probablemente me inventé su historia, quizás ella sea una chica feliz, una chica “normal”, y entrecomillo porque sabe Dios qué significa eso. Pero en estos días siento que vuelvo a tener 17 años, y lo dicho, me miré en sus ojos y me vi. Se avecinan cambios radicales (en realidad en los últimos cinco años mi vida no ha dejado de cambiar, y estoy agotada), apenas poseo certezas que me abriguen, oscilo a diario entre la ilusión y el puro miedo. Porque al final la página en blanco acojona, porque no hay camino, hay que hacerlo, o más bien, inventarlo. Porque en realidad ya no tengo 17 años, y la mochila pesa. 112 kilos, para ser exactos. El peso aproximado de mis cajas de mudanza.

Llegamos a nuestro destino y ella huyó febril por las escaleras mecánicas de la estación. Y mientras yo me encaminaba lentamente a la salida, le dediqué los mejores deseos. Que alguien te enseñe a amarte. Que alguien riegue con afecto y respeto tu juvenil huerto. Que alguien te enseñe a ser valiente y a no tener miedo de vivir. Que alguien te quiera como te mereces.

Y el aire helado de la calle me dejó a mí los ojos huecos.

La esclavitud de los sueños

“Es mi sueño y no puedo renunciar a él así como así”, me decía uno de mis más queridos amigos hace unos meses en Madrid, mientras tomábamos una copa de vino y compartíamos inquietudes. La cuestión es que ese sueño le estaba haciendo la vida, si no imposible, bastante complicada. Y yo, que le conozco y le quiero, le miraba sin entender, porque en su caso al menos yo considero que su sueño, el que compartimos desde hace años de sólida amistad, está más que cumplido. Y en ese momento empecé a a entender la naturaleza parasitaria de los sueños: consigues uno, y ya no puedes parar de tener más. Es como la hiedra; viva y hermosa, pero invasiva y letal.

Recordé de manera muy vívida esta ya muy lejana charla hace un par de días, conversando (cervezas esta vez) con otro buen amigo. Se sentía profundamente frustrado, hasta el punto de verse afectado en su estado de ánimo. El motivo, el que la realización de un sueño de larga duración le impedía materializar otro sueño, más inmediato y placentero. Y ahí me saltó como un resorte la pregunta que me lleva rondando la cabeza desde aquella primera conversación: ¿de qué sirve soñar si no es para hacernos felices?

Quizás es que no haya nada más terco que un sueño, y por eso hablaba antes de parasitosis. Un sueño, un proyecto idealizado y lejano (porque a veces parece que si no es prácticamente imposible, no es sueño) se nos incrusta en el corazón y en el alma, y permanece con nosotros, latente, hasta que una mínima oportunidad de realización se nos presenta ante los ojos. Y entonces nos lanzamos como locos a por él, es probable que sin orden ni concierto. Puede llegar a convertirse en algo obsesivo, y el problema en este caso parece ser definición: como comentaba antes, mientras más difícil de conseguir, más kilates tiene el sueño. Porque socialmente la ambición está muy bien vista, la vehemencia es un valor seguro, hipotecar la felicidad en pos de un imposible casi que nos convierte en héroes, en una sociedad que como ya escribí una vez en este blog, está hambrienta de ellos. Habitamos en una sociedad que nos obliga a ser felices de manera permanente, sin hueco para la debilidad o el desaliento, a través del envío masivo de mensajes positivos, y de la creencia de que el sentido de la vida reside en el mensaje de una taza de desayuno, o de una libretita con boli a juego, y demás objetos de merchandising que han convertido el famoso coaching (concepto este que por su desquiciada amplitud aún se me escapa) en uno de los negocios más lucrativos del momento.

Que no se me ofendan los soñadores irredentos. No planteo aquí que tener sueños sea un lastre vital, una locura o una estupidez. Pero quizás nos aferramos a nuestros sueños más antiguos, sin darnos cuenta de que la vida cambia, nosotros cambiamos, de que todo es mutable, y de que esos sueños ya no casan con nuestro presente. Que a lo mejor y cegados por la ambición nos somos conscientes de que ya cumplimos algunos de ellos, aunque no cayesen pétalos de rosa del cielo, ni fuegos artificiales, ni nos ciñeran coronas triunfales. Que algunos murieron, marchitos de tiempo y pasado, y que vivimos abrazados a cadáveres, porque no enterramos lo muerto para que abonase el campo para lo nuevo. Y sobre todo, no somos conscientes de que por la estación central de nuestra vida no dejan de pasar trenes, con destino a nuevos sueños e ilusiones; a la tan cacareada felicidad. Y observo con dolor a muchas personas detenidas en la estación. Inmóviles, agarrando un cordel ya sin globo, esperando a que el sueño inerte se cumpla. Sin ser conscientes de que a lo mejor el único sueño posible es la propia vida, y las oportunidades que ésta ofrece.

Justo ayer, cuando hablaba con otro amigo (más cervezas, jamón) sobre la génesis de esta entrada, reflexionaba con preocupación sobre la ausencia de sueños en mi vida. Y hoy pienso que quizás en mi caso personal se trate de que uso otra nomenclatura. Estoy llena de ideas, tengo muchos proyectos y no pocas ilusiones. Por supuesto que deseo ver sitios que no he visto, vivir experiencias que aún me faltan, seguir buscando entre las piedras del camino brotes verdes de esperanza. Pero me doy cuenta de que necesito muy pocas cosas en esta vida, que a lo mejor todos necesitamos menos de lo que pensamos. Necesito tener un lugar en el mundo, amar y ser amada, y poco más. Y estos “sueños”, aunque no hayan perdurado en el tiempo, ya están cumplidos. He tenido una vida feliz, y miro al futuro más que con ilusión, con expectación. A ver qué es lo que viene ahora. Qué será lo siguiente, qué sorpresa, positiva o negativa, me aguarda.

Y es que huyendo de la esclavitud de los sueños…prefiero ser, simplemente, libre.