Pandemia

Aferrarse a las cosas detenidas

es ausentarse un poco de la vida.

La vida que es tan corta al parecer

cuando se han hecho cosas sin querer.

“El tiempo, el implacable, el que pasó”

Pablo Milanés

Pues sí, como el título de cualquier película catastrófica y apocalíptica mala de esas que nos ponen los fines de semana en Antena 3. Con el plus de “basada en hechos reales”. Con su miedo, con sus errores gubernamentales, con sus personajes individuales inconscientes y temerarios, pero también con sus héroes, responsables y comprometidos.

Acudo a este foro mío, tan abandonado en los últimos meses (es complicado compartir la vida cuando, básicamente, has dejado de tenerla), para hacer lo mismo que hice muchas veces en otras entradas: ordenar mis pensamientos, vaciarme la cabeza, purgar el corazón. Y es que lo que nos está pasando a todos en estos días extraños e increíbles me tiene totalmente desnortada. Vayamos, pues, por partes.

He reflexionado en este blog muchas veces sobre la muerte. En tiempos pasados, la muerte estaba incorporada a la vida de manera natural: guerras, mortalidad infantil y materna, hambrunas, etc. Pero la subida generalizada de la calidad de vida de la ciudadanía y la implantación del estado del bienestar ha desnaturalizado la muerte, convirtiéndola en un acontecimiento extraordinario cuando realmente es solo una parte más de la vida: su final. Y no me malinterpreten, no me voy a poner neomalthusiana; pero no dejo de pensar en estos días que quizás viviríamos de manera distinta si tuviésemos más en cuenta el carácter finito de nuestra existencia. Vivimos como si nos mereciésemos el simple hecho de existir, y realmente, estamos en este mundo por puro azar. Pensamos que la vida debe ser justa y ecuánime, y es tan falsa esa idea que cuando la realidad nos sacude, nos destroza. No elegimos cuándo vivir: ¿por qué deberíamos controlar entonces cuándo morir? ¿Parecen estos planteamientos filosóficos demasiado elevados? No lo creo. Lo que sucede que es sumergidos como estamos en la imparable rutina cotidiana, en sofocar llamas en vez de grandes incendios, nos olvidamos de pensar. De pensar en lo verdaderamente importante.

A veces nuestra subsistencia está condicionada por algo tan simple como el lugar donde el destino o la suerte nos hizo nacer. Porque claro, por primera vez desde hace mucho tiempo esto que nos sucede no es una noticia residual y remota en distancia en un informativo cotidiano; ni siquiera es una noticia que se mantiene por moda un tiempo en nuestra conciencia para desaparecer después sepultada por la vorágine informativa de estos tiempos modernos y veloces (pienso en Siria, por ejemplo). Esta vez…nos está pasando a nosotros. Y tenemos miedo.

En esta “película” se están cometiendo muchos errores desde el punto de vista de la gestión política, y por añadidura, de la gestión informativa. Pero es que nadie sabe exactamente qué hacer en un caso tan complejo y tan ajeno a la voluntad como este. Por mi parte, considero que uno de los pilares de este sistema democrático nuestro (imperfecto, pero nuestro al fin y al cabo) es la legación del poder; a esa gente que nos manda la elegimos nosotros. Y nos toca confiar, aunque sea difícil, aunque nosotros haríamos las cosas de manera distinta, aunque todo parezca insuficiente. Perdemos de vista también que los políticos piensan en el presente, pero también en el futuro; es muy duro tomar decisiones radicales que se sabe que van a suponer un tremendo varapalo económico y social. Y entiendo que hay un deseo subyacente de no permitir que esta pandemia arrase con todo, porque… ¿qué demonios nos va a quedar después?. Desgraciadamente, porque hay vidas humanas en juego, en este asunto va a haber mucho de ensayo – error; como en la vida misma. Mi postura en este sentido es la observación y la prudencia: el continuo cuestionamiento e instrumentación política de todo lo que se hace y deshace en estos días me genera ansiedad. Y un pelín de rabia, la verdad.

En la gestión de crisis de este tipo hay un alto componente de responsabilidad individual. Y de nuevo, aparece nuestra exultante humanidad, capaz de mostrar lo mejor y lo peor de cada uno de nosotros. De nada sirven los aplausos en las ventanas si luego tomamos decisiones que nos pueden afectar negativamente, ya no solo a nosotros, sino a colectivos más amplios. Esta situación de nuevo pone de manifiesto uno de los grandes males del mundo contemporáneo: la pérdida del concepto de “sociedad” en aras de un individualismo exarcebado. Somos hijos ingratos de nuestro tiempo, hemos perdido la idea de humanidad en favor de las microsociedades más o menos elitistas. Cierro los ojos y pienso que más que temerle al virus, tengo miedo de nosotros.

El confinamiento es complicado, aunque lo racionalicemos y sepamos que es lo necesario. No es fácil asimilar que para demostrar verdadero amor por los tuyos debes estar lejos; la soledad a veces me muerde fuerte en el estómago y me moja los ojos. Pero prometido que enseguida se me pasa. Pienso mucho en las cárceles últimamente, y en conflictos que dividen a nuestra sociedad, como la reinserción y la prisión permanente no revisable. Yo ya lo tenía claro, pero les invito de todo corazón a experimentar en estos días lo que suponer dejar de ser LIBRE. Sí, con mayúsculas, porque es precisamente eso lo que hemos perdido, y lo que nos queda: hemos perdido nuestras libertades más básicas, como la de la movilidad, el acercamiento social y familiar, la capacidad de decidir si vamos a trabajar o no, y otras tantas que mucho me temo que perderemos si la situación  no mejora en los próximos días.

Menudas comidas de coco, ¿verdad?. Pero es que la verdadera motivación de estas líneas parte de una conversación que tuve con un amigo lejano, en la que se planteaba si íbamos a aprender algo de todo esto, o si, como tendemos a hacer siempre, no aprenderíamos nada de nada. Yo quiero aprender. Yo quiero que todo este batiburrillo de ideas me sirva para algo en el futuro; que remueva mi conciencia y lo que pienso de la vida. Que me enseñe a valorar el tiempo, tan preciado y desperdiciado tantas veces; el amor y la vida,

Y de nuevo, entra en juego el concepto de responsabilidad civil. Tengo 42 años y soy testigo de la Historia: a lo largo de mi vida he sido parte, voluntaria o involuntaria, de acontecimientos que han cambiado, aunque no seamos conscientes de ello, nuestro día a día: la Guerra del Golfo, la entrada de la moneda única, los atentados del 11-S y del 11-M, próximamente, el Brexit, entre otros muchos que seguro que se me escapan. Observemos, asimilemos…y aprendamos. Que todo esto nos sirva, como enorme colectivo, de algo. Y que ese algo sea mucho.

Quiéranse y quieran. Quédense en casa.

Saldremos

Autora: @72kilos      Fuente: Twitter

 

 

Esperar

Ayer me subió el cabreo a la boca del estómago como un volcán hawaiano. A veces pasa, no es lo habitual en mí, porque soy víctima de ese tópico que existe sobre el carácter: tenerlo no significa que sea malo. Digo yo.

Tenía una cita a las siete de la tarde en un centro médico para renovar esa reliquia sagrada en la que se había convertido mi carnet de conducir. Y hablo de reliquia porque la administrativo (¿administrativa?) del establecimiento en cuestión alucinó cuando vio mi carnet rosa, aquel tríptico ancestral expedido en el año 2003, y guardadito en la inefable funda azul de la autoescuela María del Carmen de Benítez, que ya ni existe en mi barrio. En fin.

Soy puntual, mucho. Y cuando llegué al centro, la gentil colombiana que recibía me informó rollo “qué pena con usted” que aunque dieran citas a determinada hora, que había que contar siempre con al menos media hora o cuarenta minutos de retraso. De ahí el cabreo; ¡pues dame cita para las siete y media entonces, coño!

Parece una chorrada, ¿verdad? Pero es que la coyuntura que me rodea en estas semanas (quizás sería más correcto decir que me estrangula) me está obligando a esperar por cosas, personas y acontecimientos constantemente:  problemas domésticos, pruebas médicas propias y gatunas, ofertas de trabajo que no terminan de concretarse, y esperas más cotidianas relacionadas con encuentros y desencuentros. Vamos, que estoy hasta el moño.

La media horita de espera la utilicé, además de para tranquilizarme, en reflexionar sobre ese término maldito: control. Quizás orientemos nuestra existencia en hacernos dueños y señores de nuestras vidas, de nuestro tiempo, de la fenomenología cotidiana o estructural de nuestra existencia. Y resulta que es imposible, que en esta sociedad individualista que nos insta de manera constante a la independencia, al final el devenir de los días está condicionado por decisiones o conductas absolutamente ajenas a nosotros. No podemos hacer otra cosa que esperar, esperar a que lleguen los mensajes, los correos, los resultados, las personas. A mí personalmente esto me genera bastante ansiedad, y más ahora, que tengo todas las bolas en el aire y manoteo para tratar de coger alguna. Ansiedad y frustración a partes iguales, porque al final no te queda más remedio que admitir que tienes que apretar los dientes, tragar dosis variables de bilis y seguir esperando.

No quiero ser radical en esta afirmación, porque sería caer en un estilo de vida determinista, asociada a una idea de destino grecolatina, judeocristiana por extensión, que creo que hemos dejado atrás. El asumir esta falta de control sobre determinadas variables no debe anularnos como agentes activos de nuestra vida; tampoco podemos repantingarnos en el sofá a esperar a que pase todo, a que las cosas se arreglen solas (a veces funciona, otras tantas no), a que los días nos sobrevuelen. No podemos convertirnos, en definitiva, en espectadores de nuestras vidas.

Y al final, justo cuando Milena, la colombiana, me llamó para empezar el reconocimiento, concluía mi disertación mental con la idea de que lo único que podemos controlar, o al menos intentarlo, es nuestra actitud ante lo que no depende de nosotros. He pasado algunos meses con el corazón amordazado con el doloroso pensamiento de por qué todo me ha salido mal si yo lo he hecho todo bien. La respuesta es sencilla, y no por ello amable: porque no todo depende de mí. La mala suerte existe, las malas rachas son indudables, y quizás sea más saludable aferrarse a la idea de que pasará; saludable, pero no fácil, claro. Al final todo se trata de escoger en qué tipo de pensamiento te haces fuerte, si en el de la derrota o en el de la resignación. Y esa es mi batalla cotidiana; una lucha constante contra el desánimo y la desilusión. Y cada noche me doy cuenta de que no siempre salgo vencedora, pero cierro los ojos siendo consciente de que cuando vuelva a abrirlos tendré otro combate al que enfrentarme. Yo, que siempre posé mi mirada esperanzada en el futuro, quizás estoy condenada ahora a vivir día a día, obligándome a no pesar mucho más allá de cada amanecer.

Adaptarse o morir. Y a seguir esperando.

puntos suspensivos

 

Recaídas

El lunes perdí el primer vuelo de mi vida. Y mira que soy estricta con estas cosas, porque sé que soy despistada como yo sola, y estoy más que acostumbrada a comprobarlo todo treinta veces por si las moscas. Después de un fugaz fin de semana en Madrid por motivos laborales, no encontré mi vuelo en el panel del aeropuerto, porque había salido veinte minutos antes. Lo mejor de todo fue que cuando fui al mostrador de Iberia, después de sufrir un mini ataque de pánico, a comprar un nuevo billete…me doy cuenta de que también he perdido mi tarjeta de crédito; debió quedarse abandonada en la máquina expendedora de billetes de metro…¡tres días antes! Y ahí ya me derrumbé totalmente.

Le puede pasar a cualquiera, ¿no? Sobre todo a alguien como yo, que vuela con frecuencia. Pero aparte de la rabia producida por mi propia torpeza, el llanto incontrolable se debía a la toma de conciencia de que no estoy bien. No estoy bien y punto.

Hay una escena de una película que evoco con frecuencia en mis conversaciones. Y es que aunque “Bichos” es un producto Disney orientado al público infantil, en sus primeras imágenes evoca algo típico del ser humano, sea de la edad que sea. Las hormigas están en proceso de recolección de provisiones para el invierno; circulan ordenadamente en fila llevando alimentos al hormiguero, pero, de repente…una hoja de un árbol cae sobre ellas e interrumpe la marcha. Las hormigas sufren un ataque de pánico, no saben cómo seguir, se han desconectado de sus compañeras. En plena crisis, aparece un capataz que las tranquiliza: “Tranquilas, esto ya ha pasado antes: procederemos a rodear la hoja”.

El lunes me sentí hormiga. Y esto me hizo tomar conciencia de que mi vida está cogida con pinzas en estos momentos. Cualquier acontecimiento trivial me desestabiliza de manera desorbitada, todo lo que no sea premeditado o rutinario me hace caer en lo más hondo. Y lo que más me desconcierta es que yo, que siempre me he jactado de mi autoconocimiento y de mi lucidez en estos días arduos que me toca vivir… no tenía ni idea.

Esta toma de conciencia llega en el peor momento, porque realmente y al menos en apariencia, creía sentirme mejor. Había dejado de llorar a diario, empezaba a asumir que el olvido no es voluntario, y había dejado de esforzarme en bloquear mi memoria; una memoria malintencionada que me sacude el alma cada vez que frío una sartén de papas, bien tostaditas, o cuando pienso que no tengo que triturar la cebolla en la batidora antes de hacer una fritura. O simplemente, leer, escuchar, percibir algo hermoso y no poder compartirlo ya. Creía estar aceptando mi situación real, y empezaba a ser más indulgente conmigo misma. Y resulta que el dolor seguía estando ahí, agazapado en las sombras, y dispuesto a atacarme salvajemente. Vaya por Dios.

He recaído, pues. El lunes me sentí devastada de nuevo, desnortada y sin energías. Con miedo, sin coraje, e increíblemente sola; abandonada, más bien. Y con desesperanza, claro; ese mirar de nuevo al infinito y no ver nada, sentir que no he avanzado, que el dolor y la desolación son estáticos, que todo sigue igual.

Pero no pasa nada; después de estar machacándome durante dos días por este retroceso, me voy a tratar con cariño. Si toca volver a la casilla de salida, pues lo hacemos y volvemos a tirar los dados, a ver lo que sale. Si toca volver a hacerme las ciento cincuenta preguntas que se me han quedado sin contestar es porque no he encontrado las respuestas; es normal que me las siga haciendo. Tengo que recordar que los plazos no los elijo yo, sino mi corazón roto, y el pobre ahora mismo no sabe cómo recomponerse; por mucho que quiera, el corazón no piensa, solo siente. Y está bien así.

Esta es una entrada muy personal, uno de mis habituales “vómitos” emocionales. Pero les invito a reflexionar si realmente se tratan a ustedes mismos con amor. La firmeza es necesaria, claro esta, porque tampoco es bueno dejar que el  corazón se revuelque en sus propios pedazos. Pero con amor. Porque para superarse hay que aceptarse y quererse primero. Solo así, al menos yo, espero con suerte evitar futuras recaídas.

 

Educación sentimental

  • ¿Tú qué lamentas del pasado?
  • Creo que hubiera tendido una educación sentimental más plena. Habría sabido querer mejor. Más pronto.

De esta conversación extraigo el título de esta entrada, sin dejar de alabarle a mi interlocutor su capacidad de autoanálisis, algo que a veces en el género masculino brilla por su ausencia. Y no es un reproche, lo digo con cierta lástima, porque no hay nada más útil en esta vida que conocerse bien a uno mismo.

Esta interesante charla derivaba de otro concepto interesante, el de la educación de género. Hablábamos de esa resistencia moral que siente el hombre a hacerle daño a una mujer, a ese inmovilismo que hace que el género masculino espere sin más a que las cosas caigan por su propio peso, como si de fruta madura se tratase. Sin ser conscientes de que así el golpe no se suaviza, y que en realidad se hace más daño de esta manera. Sobre todo a uno mismo, porque la culpa es invasiva, parasitaria y se retroalimenta de una manera increíblemente cruel. La conclusión de mi oponente verbal es que todo esto es una tontería, porque al final las mujeres somos más fuertes; sufrimos más, pero nos recuperamos mejor, porque poseemos de mayor conciencia emocional. La soledad derivada de la incomprensión (o más bien del etiquetado) social nos ha hecho estar más en contacto con nosotras mismas; simplemente, nos conocemos mejor. Por otro lado, la verborrea femenina en este caso es una virtud; expresamos mejor nuestros sentimientos, tenemos la capacidad de apoyarnos más y mejor en nuestras amistades y familiares. Paradójicamente, nuestra teórica debilidad nos hace más fuertes, mientras que el hombre ha sido educado para ser solo (no estar, cáptese el matiz diferencial). Esto me entristece muchísimo; mis condolencias a los hombres por sus pesadas y solitarias cargas.

La mujer ha sido educada para ser sensible, con la excusa de las hormonas y la del teórico cuidado amoroso de los hijos. El hombre, sin embargo, ha sido educado en la búsqueda constante de una estabilidad sin fisuras; para ser el sostén inamovible de todo lo que construye a su alrededor. El género masculino, en una actitud que parece egoísta, pero que creo que no lo es tanto, se cree el centro de su propio universo, una suerte de piedra angular que no puede fallarle a nada ni a nadie. No se me ocurre una manera más perversa de esclavitud que la negación de la propia debilidad; porque por muy fuertes que seamos, las circunstancias de la vida nos hacen débiles en muchas ocasiones. Y sucede que no tenemos ni puñetera idea de qué hacer con ese sentimiento.

Aquí vuelvo al término de “educación emocional”, porque esto no tiene nada que ver con el género. Hombres y mujeres (al menos los de mi generación) hemos sido educados para ser perfectos. Nadie nos ha enseñado a lidiar con el fracaso y la adversidad, nadie nos ha enseñado a ser cooperativos con nuestros sentimientos; sentimientos que, simplemente, son, y que a veces no tienen ninguna explicación racional, como el amor. Nadie nos ha enseñado nunca a querernos a nosotros mismos tal y como somos, o, mejor dicho, hemos sido adiestrados en la potenciación de nuestras virtudes y no en la aceptación de nuestros defectos, única manera esta de mejorarlos y de superarlos. Y es una verdadera lástima, porque amarnos a nosotros mismos incondicionalmente es lo único que nos permite amar a otros y permitirnos ser amados. Y adquirimos la mala costumbre de delegar ese amor, que debe ser propio, en quienes nos rodean, cuando al final da lo mismo cuánto te quieran: si tú no te quieres a ti mismo, ese amor externo nos parecerá siempre una lismona. Y así, nunca nos creeremos merecedores de nada, o nadie. Y tratar de suplir la falta de autoestima con el amor, o la mera aceptación, de los demás, sí que me parece un acto egoísta. Cúrratelo, aprende a quererte; no queda más remedio.

Nuestros padres lo hicieron lo mejor que supieron, porque ellos también fueron hijos en su día, y recibieron una herencia quizás más cruda que la nuestra. En mi caso personal, procedo por un lado de una torpeza emocional notable, de un desconocimiento absoluto de la comunicación y expresión de los sentimientos; por el otro, heredé una visceralidad explosiva, incapacitada para gestionar lo que no se puede comprender. Pero ahí está la clave de todo esto: resulta simplista y sumamente injusto responsabilizar a esta herencia recibida de nuestros errores o incapacidades. Aquí es donde entra la madurez y la capacidad personal; si lo estás haciendo mal, cámbialo. Si te estás jodiendo la vida, y de paso, se la estás jodiendo a otros, dótate de las herramientas vitales necesarias para dejar de hacerlo. Ya no somos críos, y a pesar de que la aceptación de la propia debilidad sea un derecho fundamental del ser humano, no podemos quedarnos anclados en esa indefensión. Hay que asumir, que como dice la canción, todo el mundo hace daño alguna vez; es nuestra responsabilidad moral aprender de ello, perdonarse y cambiar, para poder ser perdonado.

Me gusta pensar, en medio de mi tristeza cotidiana, que la madre que ya nunca seré lo hubiese hecho bien en este sentido. Pero al mismo tiempo me siento tan imperfecta, tan débil en estos momentos, que esta idea me parece sumamente pretenciosa. En cualquier caso, el cultivo esmerado de la educación emocional me parece un pilar fundamental para ser mejores personas, y hacer que los nuestros también lo sean.

Estamos en ello.

 

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Puesta de sol en tras el torii de Miyajima. Japón, 2010

 

 

En algún momento

En algún momento habrá que mirarle a los ojos a la Verdad, con mayúsculas. Por hacer algo distinto, en este océano ciego de inercias en el que me ahogo.

En algún momento tendré que dejar de odiarte cada mañana entre lágrimas, y de perdonarte cada noche. Entre lágrimas, también.

En algún momento habrá que asumir que el amor era solo mío, que nunca fue tuyo, porque nunca fuiste libre y valiente como para darme nada.

En algún momento habrá que volver a tener esperanza, y rezar con las manos juntas porque lleguen cosas nuevas que llenen el enorme vacío de mi alma.

En algún momento habrá que sonreír de nuevo abiertamente, y borrar de un plumazo esa mueca extraña que me baila en los labios, burlándose de mi pena.

En algún momento habrá que volver a soñar con la alegría, que era tan mía, y que ahora me resulta un vago recuerdo en este mar de pesadillas.

En algún momento habrá que dejar de preguntarse el porqué. Y abandonar el demoníaco mantra de “esto, yo no me lo merecía”.

 

En algún momento. Que no es ahora, ni sé cuándo será, porque el tiempo en realidad no significa nada cuando eres dolor, herida.

Porque cuando se ama de veras, siempre es demasiado pronto para el olvido.

Tal día como hoy

Soy una esclava de las fechas. Qué quieren, soy así. Cada mañana, el teléfono móvil me recuerda qué día es, y automáticamente, mi maldita memoria me recuerda las efemérides señaladas. Y porque los seres humanos somos así, normalmente no recuerdo las positivas o las alegres.

Esta mañana, mi teléfono me ha recordado que es 4 de abril, y que tal día como hoy, hace dos años, la luz de mi abuela, de Tata, se apagó. Ha pasado suficiente tiempo como para que los recuerdos no duelan, es más, provocan una sonrisa y calientan el corazón; porque cuando perdemos a alguien, debemos esforzarnos en recordar con amor, y estoy plenamente concienciada (y ya he hablado de ello muchas veces en este blog) de que la muerte solo es una parte más de la vida, y que como tal, hay que incorporarla a ella. Y es que nuestra existencia está plagada de ganancias y de pérdidas, y quien no lo asuma así, realmente no está vivo, sino muerto a medias.

El recuerdo amable de la sonrisa de mi abuela precedió a otros recuerdos menos agradables, relacionados con el cambio vital que sobrevino después. Y es que su muerte me hizo tomar conciencia  de que no era feliz; de que estaba amarrada a una existencia anodina e incompleta por los lazos de la responsabilidad y la culpa. A veces ocurre que la muerte te hace pensar en la vida, y eso fue precisamente lo que sucedió, y por ello, siempre le voy a estar agradecida a mi abuela. Su pérdida me dio el valor necesario para romper con el modo de vida que llevaba; sí, valor, porque aunque tengo fama de persona fuerte y valiente también tengo miedo y puedo ser muy cobarde a veces. Así que cuando regresé a Madrid, me enfrenté a mis miedos, me liberé de cargas emocionales que me lastraban y decidí que ya no podía continuar así. Después de esa confrontación, florecieron otras no menos difíciles: la sensación de fracaso personal, la desorientación vital. Porque a veces saber qué es lo que no quieres es un buen comienzo, pero después empieza la dura tarea de dibujar en el horizonte lo que quieres realmente.

No fue fácil, quien piense que vivir es fácil es otro muerto a medias. Pero hoy miro atrás y creo que en estos dos años he crecido mucho; en cierto sentido volví a ser yo misma, en otro, florecieron en mi interior fortalezas y capacidades que me condujeron a otras decisiones, a veces fáciles, por obvias; a veces no, porque el miedo existe, y se vuelve tangible cuando debemos enfrentarnos a nosotros mismos.

Este balance positivo queda empañado por otra efeméride, que “celebro” (las comillas está plenamente justificadas) mañana. Y es que tal día como mañana, 5 de octubre, hará seis meses que decidí abandonar Madrid para regresar a mi ciudad natal, con un equipaje cargado de sueños, ilusiones y sobre todo, esperanza. Y todo eso… se ha volatilizado en mis narices. Continúo teniendo un proyecto personal, aunque cada día es una batalla por recuperar las ganas de hacer algo; de hacer cualquier cosa, en realidad. Pero la llama de la alegría, de la ilusión, se ha apagado y me he quedado totalmente a oscuras.

Sé que volverá, esa alegría; debe hacerlo, porque el dolor me sigue recordando que estoy viva. La vida también es sufrimiento, y adivinen qué: quien pretende evitarlo…es otro muerto a medias.  Pero ahora mismo habito en terreno lacustre, enfangada hasta las rodillas, y mis esfuerzos por salir de las arenas movedizas no está teniendo demasiado éxito. Así que por ahora me limito a hacer lo que siento en cada momento, es la mejor manera que se me ocurre de sanar; ya habrá tiempo de arrepentirse después.

Tal día como hoy, me deshacía en lágrimas por una pérdida; hoy lloro silenciosamente por otra. Qué curiosa, y qué cabrona, que es a veces la vida.

 

Encuentros

[…] Lloraba mi alma en sus profundidades, mientras mis ojos entornados se aislaban del mundo, conscientes de que ninguna sombra habría de interponerse entre el sol y yo, ninguna imagen se materializaría para suavizar mi congoja, ni para sustituirla por una congoja menos dolorosa, menos irreversible, menos irremediable. ¿Qué será de mí ahora? No volverá, nunca volverá, nunca ha existido, lo inventé yo. Nubes de confusión y desconcierto se agolpaban en mi mente agitada. ¿En quién estás pensando, a quién quieres en vano convocar?, decía la voz de la conciencia. ¿Qué será de mí? No tengo nada, nunca he tenido nada, y ahora solo me queda tiempo, tiempo, tiempo que se extiende infinito ante mí sin paisaje ni figura con qué aderezarlo. Soledad del alma, soledad. De pronto, mi pensamiento dejó de moverse. No había objetivo alguno que alcanzar, ni esperanza que mantener por estúpida y efímera que fuera, ese era mi tiempo, ese mi futuro.

“La canción de Dorotea”, Rosa Regàs.

 

La belleza del arte, aparte de su valor estético intrínseco, radica en la capacidad que tiene de conmovernos y de emocionarnos en lo más íntimo. En el arte nos encontramos muchas veces a nosotros mismos; todos nos hemos visto reflejados, con la nitidez de un espejo, en un poema, en una canción, en un texto. Magnífico este que comparto hoy con ustedes; les recomiendo encarecidamente leer esta perturbadora y magistral novela.

Anoche me encontré yo en estas palabras, que me removieron en lo más profundo y me dieron mucho que pensar. Tengo cosas, y personas, claro que sí; pero hay en mi interior una Nada (como la de La historia interminable), un enorme vacío, que me consume y me obliga constantemente al agotador ejercicio de rehacerme, de ser consciente de que respiro. Mi brújula sigue perdida en algún lugar recóndito entre tantas emociones grises; se acercan días de asueto que me recuerdan constantemente aquellos planes que no me dio tiempo a compartir, y que ya no se llevarán a cabo. La inercia no me abandona, y ahora, más descargada de trabajo, me veo en la obligación de crear otra nueva que me permita sobrevivir. Al menos ya no hay negrura, solo hay gris; aunque a veces pienso si no será peor. “Soledad del alma, soledad”.

¿Volverás? Quién sabe ¿Te inventé? No lo creo, aunque quizás mis expectativas me nublaron a ratos el discernimiento, y ahora, que solo soy yo a medias, entiendo mejor que nunca que en situaciones límite encerramos, por temor o tristeza, facetas de nosotros mismos en los cuartos más oscuros de nuestra alma.

Existes, estás ahí, aunque estés enterrado bajo una enorme montaña de miedo. Porque si no existieras, no sería capaz de explicar por qué, ardua y dolorosamente, te echo tanto de menos.

Pasos de baile

Hace unos días reflexionaba en Twitter sobre la viscosidad caprichosa del tiempo, ese tiempo vital que se nos escurre entre los dedos. Es curioso como según cual sea nuestro estado de ánimo a veces tiene una fugacidad voraz, que lo consume todo; otras por el contrario discurre lento y pesado sobre nosotros, como si de una lluvia de piedras se tratase.

No ha pasado apenas nada en un mes, un mes ya. Porque a pesar de nuestra variable percepción del tiempo, éste transcurre implacable, arrancándonos hojas del calendario y haciéndonos esclavos de la cifra y el número. Pero me he parado a pensar, y en realidad sí que han pasado cosas; lo que sucede es que detenida como estoy, en esta especie de limbo, no soy capaz de apreciarlo en su justa y valiosa medida.

Antes me di cuenta de que entre los días malos y los días peores se me ha escapado algún día decente. Algún día en el que he dejado de pensar, en el que he sido capaz de disfrutar de una buena película, un rato de lectura, una buena conversación. Algún día en el que me he sentido gratamente distraída, aunque cierto es que en ocasiones el revolcón del llanto posterior no me ha compensado demasiado. Ya no ensayo sonrisas en el espejo, y soy capaz de mirarme en él sin romper a llorar.  He vuelto a cocinar hace una semana, aunque alguna “nutritiva” cena a base de papas fritas y chocolate todavía cae. Me he enfrascado en el trabajo de manera compulsiva, no tanto por olvidar, sino porque realmente tengo mucho y complicado, y me he descubierto a mí misma con una franca sonrisa dibujada en el rostro ante la belleza de la música que me toca abordar en estos días. He reanudado mis caminatas, y por ello, he vuelto a imaginar las historias de mis colegas transeúntes en el que siempre fue uno de mis pasatiempos favoritos, y que tantas veces he compartido en este blog. Quizás la cercanía de la primavera y la llegada del buen tiempo hayan contribuido a ello; aunque admito que algunos días el azul del cielo parece que insulta mi pena y eso me pone de mal humor.

Cada día lloro un poco menos, pero añoro un poco más. Y realmente es deprimente, porque me hace consciente de que esto no ha hecho nada más que empezar. De que el tiempo trascurrido es, pero no es tanto, de que la herida es honda y que va a tardar en sanar. Hoy, precisamente, me preguntaba si esa herida va a cambiarme, si me va a convertir en una mujer distinta. Es pronto para saberlo, en realidad. Es pronto para todo, y a ratos me desespera esa idea, por pura impaciencia, y por auténtica tristeza, pues también.

La capacidad de olvidar queda siempre mermada por la calidad de los recuerdos; y mis recuerdos son recientes y hermosos, en ocasiones casi perfectos, aunque a veces los malos recuerdos (que también los hay), me hagan enfurecer. Pero hoy, en medio de una vorágine laboral de tres pares de narices, con las hormonas desbocadas y con un dolor físico importante, he empezado a hacerme una pregunta: ¿cuánto tiempo voy a estar así, cuánto más va a durar esto? Y la he recibido con un cierto regocijo, porque supone asumir que, de manera inconsciente, creo que hay una vida después de “esto”. Que aunque no sea capaz de escucharlo, hay un latido en mi interior que sigue insuflando esperanza a aquello que esté por llegar. Que, a pesar de las sombras, sigo estando viva, y quiero vivir.

Esta mañana (¿ven cómo han pasado un montón de cosas?) una amiga me ha mandado un mensaje en el que me decía que era una persona excepcional y que derramaba luz sobre mi entorno. Uf. Sí que es cierto, y es algo que me resulta muy llamativo, que muchas personas se refieren a mí como una presencia luminosa, como luz; pero ahora mismo, en esta penumbra, se me antoja muy lejano el volver a emanar ese brillo, si es que de verdad lo tuve alguna vez. Es una paradoja brutal a veces el hecho de que las frases de ánimo y afecto supongan una dura confrontación con la realidad, algo así como el antes y el después de los anuncios de la Teletienda. Por eso me noto aislada de mi entorno, arisca con mi familia; como pez fuera del agua, así, como sensación general.

Aprender a vivir de nuevo en soledad es algo así como aprender a bailar, y creo adivinar mis primeros pasos de baile, silenciosos, sin que suene música aún, pero sobre todo dubitativos, porque la ausencia de certezas es abrumadora. Pero quiero bailar, hoy me ha asaltado esa idea a mano armada y por sorpresa. Me llevará seis meses, un año, quizás dos, pero quiero bailar de nuevo. Siempre “bailé” bien, viví mi vida con pasión, determinación y fuerza. Cometí muchos errores, y por prudencia o cabezonería me he privado de vivir experiencias que ya no volverán; pero viví no como pude, sino como realmente quise.

Así que…a esperar. Otra larga espera en la que confío que suene música al final. Para poder bailar.

Inercia

El motor de mi vida, en estos días: la inercia. La obligación de seguir trabajando, de no cancelar nada ni a nadie. Un aluvión de clases y ensayos que había que hacer sí o sí, y que agradezco profundamente, porque han supuesto un incentivo poderoso para levantarme de la cama todas las mañanas. Una ocupación, una “distracción” que a veces ha resultado ardua y que me ha dejado exhausta. Porque en este bendito trabajo mío las emociones son el motor de todo; en las clases hay que transmitir optimismo y alegría para que mis alumnos sigan adelante; y en la interpretación, si no hay emoción, te conviertes en una especie de reproductor Midi en donde solo emites notas. Como un robot.

Una existencia robótica la mía, sí. Porque no puedo disfrutar de nada, todo me parece gris y hueco, empezando por mi propio interior. Soy un desierto en el que además a veces sopla el viento, y crea tormentas de arena. Los recuerdos, la ausencia, y sobre todo la frustración. Porque hice todo lo que pude, di lo mejor de mí misma, y aún así, no sirvió para nada. Y sé que esa pena va a hacer la última en desvanecerse; quién sabe si logrará desaparecer para siempre.

Ensayo sonrisas en el espejo, y éste solo me devuelve una mueca desfigurada y amarga, que normalmente me lleva a las lágrimas (porque soy gilipollas, básicamente, a ver qué coño hago sonriéndome a mí misma). Trato desesperadamente de insuflar energía a los que me rodean, como siempre he hecho, porque soy consciente de que mis problemas no son los únicos que existen en este mundo. Eso me agota, pero a pesar del cansancio, espero que haya servido de algo. Me derrumbo con frecuencia, como ayer, después de ese durísimo concierto en la Unidad de Paliativos del Hospital Insular, en la que cantaba frente a dos camas que albergaban a dos moribundos, tan sedados que no sé siquiera si me escucharon. Me deshice en sonrisas, abracé a aquella pobre enfermera jovencita, en prácticas, que no pudo parar de llorar durante todo el concierto, y que volvió a emocionarse entre mis brazos. Qué trabajo tan difícil, por cierto; difícil y admirable. Y luego llegué a casa y me dediqué minuciosamente a desmantelarme en lágrimas. En mi defensa, he de decir que me merecía ese llanto apacible de media hora. Ya les digo yo que sí. Porque ya se me hace difícil vivir en estos días como para encontrarme cara a cara con la muerte; y es que morir sí que debe ser difícil. Joder.

No he tenido aún las fuerzas para crear nuevas rutinas. Rutinas que sean mías y solo mías, en las que no me falte la persona a la que tanto extraño, el que era el compañero de mis días, y con quien compartía hasta las más pequeñas cosas. Pero vendrán, cuando esté preparada; porque vivo todo esto con una extraordinaria lucidez, lo cual a veces es sumamente cruel. Sé exactamente lo que siento y pienso en cada momento, sé qué llaga me arde cuando se me saltan las lágrimas, no necesito enumerar las heridas abiertas porque me duelen todas con macabra independencia. Sé, porque cuento con un alto grado de autoconocimiento, que lo que estoy viviendo tengo que vivirlo exactamente como lo estoy viviendo. No puedo saltarme nada, no puedo fingir ni mentirme a mí misma. Me he quedado desnuda, sin más; no hay lugar en donde pueda esconderme de la tristeza y de la pérdida. Y dentro de tanta oscuridad, esa es una buena noticia.

Intenté, hace una semana, engañarme. Y salió mal, claro, estas cosas no salen bien nunca (la estupidez humana sigue siendo inconmensurable y tal). Se lo decía a una amiga querida que también pasa en estos días por un duro trance: “¿No nos estaremos esforzando demasiado?” Total, que al final volví a casa a las cinco y media de la mañana más vacía de lo que me había ido. No volveré a cometer ese error, menuda chorrada. No es momento de alardes de una alegría que no existe; es momento de soledad y de añoranza, de llorar cuando me venga en gana y sin pudor. Es momento también de refugiarse en los incondicionales, en los que simplemente te escuchan, en los que ni siquiera pierden el tiempo en aconsejarte, en decirte “haz esto o lo otro”. En los que saben que estás tan sumamente rota que sus palabras van a desaparecer entre las grietas.

No he creado rutinas porque aún estoy acostumbrándome a la pérdida de muchas que tenía. Sonrío a medias (mueca amarga, otra vez), cuando pienso en todo lo que me dura ahora la batería del móvil. Evito mirarlo a veces hasta bien avanzado el día, porque sé que no voy a encontrar ningún “buenos días [emoji de besito con corazón]”, después de tanto tiempo recibiéndolo a diario. Me muerdo las puntas de los dedos para que no me salgan todas las palabras que querría decir, y que no debo. Me duele todavía ver cosas que le gustarían y no poder enseñárselas; porque en estos días añoro, con profundo dolor, más que al amante, al amigo que he perdido.

He repetido en varias conversaciones con diferentes personas en estos días esta frase: hay momentos en la vida en los que no se puede vivir; simplemente, toca sobrevivir. Francamente, ahora mismo, no sé cómo seguir, y es un pensamiento que me inquieta mucho a veces. Pero luego recuerdo mi fortaleza y mi bondad, y pienso que de algún modo, todo saldrá bien. No voy a convertir el dolor en sufrimiento esta vez, tengo herramientas y recursos para evitar caer en esa trampa mortal. No me queda otra que confiar en que la luz aparecerá en algún momento al final del túnel, aunque sé que estoy muy lejos de ni siquiera imaginarla todavía.

Y entonces yo, que amo tanto la vida y que lo hago todo con tanta pasión e intensidad, quizás, podré borrar esta maldita inercia de un plumazo. Y volver a respirar.

 

 

 

Nunca bailamos

Nunca bailamos. En realidad fuiste tú el que me lo dijiste una vez: “Me doy cuenta de que no sé cómo bailas”. Tampoco tuve nunca la oportunidad de tomarme a chanza tu miedo a volar, en ese avión que nunca cogimos. Nunca me enseñaste la tierra que tanto amas, aquella en la que naciste; nunca te enseñé el país que me acogió y que tanto me cambió. Y así, tantas y tantas cosas que se nos quedaron en la lista de sueños por cumplir. A mí, al menos, porque sé que tú hace tiempo que dejaste de soñar.

Me he quedado sola en “casa” (resulta irónico que solo al final la reconocieras como tal, siempre entre comillas, claro).  En esta casa que está necesariamente hilvanada a ti, porque la primera noche que pasé en mi nuevo hogar la pasé contigo. Aquí fuimos felices, aquí jugamos a tener la vida que soñamos. Pero era solo un sueño al final, y ayer despertamos. Me he quedado con un cepillo de dientes rosa en el baño que aún no tengo valor de tirar; por si vuelves. Que no vas a volver, pero por si vuelves (qué enfermizo es el desamor). Con tu ropa de casa en la silla del dormitorio, con tu olor impregnando aún las sábanas. Nuestro olor, el olor del amor, de nuestra piel tibia de deseo. Con nuestra risa recorriendo como humo el techo de la habitación; porque estás en todas partes y ahora ya, en ninguna. Con un bote de leche condensada para el café en la nevera, con cervezas que yo no voy a beberme. Me he quedado sola con este vacío, con esta angustia, habitando en  esta profunda tristeza.

Supongo que siempre fuimos las personas adecuadas en el momento más inadecuado de todos. No fuimos capaces de encontrar nuestro camino, porque tú renunciaste a andar el tuyo. Y te quedaste ahí, parado, esperando a que las cosas sucedieran, sin tener valor para hacerlas posibles. “Me resulta más fácil renunciar a ti que enfrentarme a todo lo demás”, me dijiste. Me hablaste de alivio, sabiendo que me traspasabas el alma con un estilete afilado y cruel. Espero encontrar en esas palabras la ira, la rabia, que necesito para rehacerme. Porque maldecirte en silencio quizás sea mejor que añorar lo que nunca fuimos. Porque sí, se puede extrañar lo que nunca se tuvo, por absurdo que parezca.

Te lloro como se llora a los muertos; hablo de ti y de nosotros en pasado como si hubieses dejado de existir. Y me doy cuenta de que esto va a ser, es, un verdadero duelo. Porque soy consciente de que ahora mismo estoy en fase de negación. Que no me lo creo, vamos. Que no me creo que después de tantos años, de tanta energía invertida, de tanta paciencia y amor, de tanto ceder y comprender, ninguno de mis esfuerzos haya servido para nada. Te entregué todo lo que tenía; y ahora te lo has llevado y me has dejado sin nada. No sé cómo seguir; no sé cómo continuar, y supongo que no sabré hacerlo hasta que se me acabe el llanto y la pena. Y ahora que escribo y pienso, quizás mis lágrimas y mis ojos de tortuga sean más por mí misma que por ti. Qué mal te salió todo al final, Fanny. Lo siento mucho, mi niña. Te lo advertí y no me hiciste caso. Pero ahí seguiste, luchando como una leona; sin darte cuenta de que luchabas sola, y que eras humana, y que no todo dependía de ti.

Mi madre siempre me llamó Penélope. Porque siempre te estuve esperando; esperando a que solucionaras tus problemas, a que arreglaras tu vida, para que pudiéramos ser de verdad y no algo que ocultar. Y quizás en estos momentos lo que más me duele es que sigo siendo Penélope. Maldita idiota. Porque aunque todo haya terminado, te sigo esperando; porque mientras te siga amando, aunque ya no estemos juntos, seguiré atada a tu espalda, con un hilo finísimo y cruel de esperanza. Y solo Dios y los pedazos de corazón que me quedan en el pecho saben cuánto te he querido, y lo difícil que va a ser olvidarte, olvidarnos. Porque no se trata de superarlo, se trata de superarte. A ti, amor mío.

Condenada como estoy a la enfermedad de la memoria, te encuentro en todas partes. Creo que nunca voy a dejar de hacerlo. Pero ahora, en este preciso instante, el que me empujó a escribir, solo pienso que nunca bailamos. Porque en tu cabeza solo había silencio. Y me lo has dejado instalado en el alma.