Pandemia

Aferrarse a las cosas detenidas

es ausentarse un poco de la vida.

La vida que es tan corta al parecer

cuando se han hecho cosas sin querer.

“El tiempo, el implacable, el que pasó”

Pablo Milanés

Pues sí, como el título de cualquier película catastrófica y apocalíptica mala de esas que nos ponen los fines de semana en Antena 3. Con el plus de “basada en hechos reales”. Con su miedo, con sus errores gubernamentales, con sus personajes individuales inconscientes y temerarios, pero también con sus héroes, responsables y comprometidos.

Acudo a este foro mío, tan abandonado en los últimos meses (es complicado compartir la vida cuando, básicamente, has dejado de tenerla), para hacer lo mismo que hice muchas veces en otras entradas: ordenar mis pensamientos, vaciarme la cabeza, purgar el corazón. Y es que lo que nos está pasando a todos en estos días extraños e increíbles me tiene totalmente desnortada. Vayamos, pues, por partes.

He reflexionado en este blog muchas veces sobre la muerte. En tiempos pasados, la muerte estaba incorporada a la vida de manera natural: guerras, mortalidad infantil y materna, hambrunas, etc. Pero la subida generalizada de la calidad de vida de la ciudadanía y la implantación del estado del bienestar ha desnaturalizado la muerte, convirtiéndola en un acontecimiento extraordinario cuando realmente es solo una parte más de la vida: su final. Y no me malinterpreten, no me voy a poner neomalthusiana; pero no dejo de pensar en estos días que quizás viviríamos de manera distinta si tuviésemos más en cuenta el carácter finito de nuestra existencia. Vivimos como si nos mereciésemos el simple hecho de existir, y realmente, estamos en este mundo por puro azar. Pensamos que la vida debe ser justa y ecuánime, y es tan falsa esa idea que cuando la realidad nos sacude, nos destroza. No elegimos cuándo vivir: ¿por qué deberíamos controlar entonces cuándo morir? ¿Parecen estos planteamientos filosóficos demasiado elevados? No lo creo. Lo que sucede que es sumergidos como estamos en la imparable rutina cotidiana, en sofocar llamas en vez de grandes incendios, nos olvidamos de pensar. De pensar en lo verdaderamente importante.

A veces nuestra subsistencia está condicionada por algo tan simple como el lugar donde el destino o la suerte nos hizo nacer. Porque claro, por primera vez desde hace mucho tiempo esto que nos sucede no es una noticia residual y remota en distancia en un informativo cotidiano; ni siquiera es una noticia que se mantiene por moda un tiempo en nuestra conciencia para desaparecer después sepultada por la vorágine informativa de estos tiempos modernos y veloces (pienso en Siria, por ejemplo). Esta vez…nos está pasando a nosotros. Y tenemos miedo.

En esta “película” se están cometiendo muchos errores desde el punto de vista de la gestión política, y por añadidura, de la gestión informativa. Pero es que nadie sabe exactamente qué hacer en un caso tan complejo y tan ajeno a la voluntad como este. Por mi parte, considero que uno de los pilares de este sistema democrático nuestro (imperfecto, pero nuestro al fin y al cabo) es la legación del poder; a esa gente que nos manda la elegimos nosotros. Y nos toca confiar, aunque sea difícil, aunque nosotros haríamos las cosas de manera distinta, aunque todo parezca insuficiente. Perdemos de vista también que los políticos piensan en el presente, pero también en el futuro; es muy duro tomar decisiones radicales que se sabe que van a suponer un tremendo varapalo económico y social. Y entiendo que hay un deseo subyacente de no permitir que esta pandemia arrase con todo, porque… ¿qué demonios nos va a quedar después?. Desgraciadamente, porque hay vidas humanas en juego, en este asunto va a haber mucho de ensayo – error; como en la vida misma. Mi postura en este sentido es la observación y la prudencia: el continuo cuestionamiento e instrumentación política de todo lo que se hace y deshace en estos días me genera ansiedad. Y un pelín de rabia, la verdad.

En la gestión de crisis de este tipo hay un alto componente de responsabilidad individual. Y de nuevo, aparece nuestra exultante humanidad, capaz de mostrar lo mejor y lo peor de cada uno de nosotros. De nada sirven los aplausos en las ventanas si luego tomamos decisiones que nos pueden afectar negativamente, ya no solo a nosotros, sino a colectivos más amplios. Esta situación de nuevo pone de manifiesto uno de los grandes males del mundo contemporáneo: la pérdida del concepto de “sociedad” en aras de un individualismo exarcebado. Somos hijos ingratos de nuestro tiempo, hemos perdido la idea de humanidad en favor de las microsociedades más o menos elitistas. Cierro los ojos y pienso que más que temerle al virus, tengo miedo de nosotros.

El confinamiento es complicado, aunque lo racionalicemos y sepamos que es lo necesario. No es fácil asimilar que para demostrar verdadero amor por los tuyos debes estar lejos; la soledad a veces me muerde fuerte en el estómago y me moja los ojos. Pero prometido que enseguida se me pasa. Pienso mucho en las cárceles últimamente, y en conflictos que dividen a nuestra sociedad, como la reinserción y la prisión permanente no revisable. Yo ya lo tenía claro, pero les invito de todo corazón a experimentar en estos días lo que suponer dejar de ser LIBRE. Sí, con mayúsculas, porque es precisamente eso lo que hemos perdido, y lo que nos queda: hemos perdido nuestras libertades más básicas, como la de la movilidad, el acercamiento social y familiar, la capacidad de decidir si vamos a trabajar o no, y otras tantas que mucho me temo que perderemos si la situación  no mejora en los próximos días.

Menudas comidas de coco, ¿verdad?. Pero es que la verdadera motivación de estas líneas parte de una conversación que tuve con un amigo lejano, en la que se planteaba si íbamos a aprender algo de todo esto, o si, como tendemos a hacer siempre, no aprenderíamos nada de nada. Yo quiero aprender. Yo quiero que todo este batiburrillo de ideas me sirva para algo en el futuro; que remueva mi conciencia y lo que pienso de la vida. Que me enseñe a valorar el tiempo, tan preciado y desperdiciado tantas veces; el amor y la vida,

Y de nuevo, entra en juego el concepto de responsabilidad civil. Tengo 42 años y soy testigo de la Historia: a lo largo de mi vida he sido parte, voluntaria o involuntaria, de acontecimientos que han cambiado, aunque no seamos conscientes de ello, nuestro día a día: la Guerra del Golfo, la entrada de la moneda única, los atentados del 11-S y del 11-M, próximamente, el Brexit, entre otros muchos que seguro que se me escapan. Observemos, asimilemos…y aprendamos. Que todo esto nos sirva, como enorme colectivo, de algo. Y que ese algo sea mucho.

Quiéranse y quieran. Quédense en casa.

Saldremos

Autora: @72kilos      Fuente: Twitter

 

 

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